La carga rápida ha cambiado por completo la forma de viajar con un coche eléctrico. Hoy es posible recuperar cientos de kilómetros de autonomía en apenas unos minutos gracias a cargadores que superan los 150 kW de potencia. Es una tecnología imprescindible para recorrer largas distancias. Sin embargo, cada vez más especialistas coinciden en que convertir este tipo de recarga en un hábito diario puede tener consecuencias sobre el componente más caro del vehículo: la batería.
La explicación está en el funcionamiento de las celdas. Cuanta más potencia reciben en menos tiempo, mayor es el esfuerzo que deben soportar. Ese proceso genera una cantidad de calor superior a la de una carga doméstica o semirrápida. Aunque los coches actuales cuentan con sofisticados sistemas de refrigeración, la batería sigue sometida a un estrés mayor que, repetido durante años, puede acelerar su desgaste.

La carga rápida es muy útil, pero no es recomendable abusar de ella
Ese envejecimiento no suele apreciarse de un día para otro. Lo habitual es que la batería vaya perdiendo capacidad poco a poco. Como consecuencia, la autonomía disminuye progresivamente y el rendimiento deja de ser el mismo que cuando el vehículo era nuevo. Además, una batería degradada también puede necesitar más tiempo para completar determinadas recargas.
Los talleres especializados han observado una diferencia clara entre los vehículos que recurren habitualmente a la carga lenta y aquellos que dependen casi exclusivamente de cargadores ultrarrápidos. En estos últimos, especialmente en coches de empresa o flotas que recorren muchos kilómetros al año, la pérdida de capacidad suele aparecer antes. No significa que la batería vaya a averiarse, pero sí que el desgaste puede ser más acusado.

Ideal para usarla puntualmente
Esto no significa que haya que evitar los cargadores rápidos. Al contrario. Son una herramienta fundamental para que los vehículos eléctricos resulten prácticos en carretera. Los propios fabricantes diseñan sus baterías para soportar este tipo de recargas con seguridad. El problema aparece cuando la carga ultrarrápida sustituye de manera habitual a la carga doméstica o de baja potencia.
Por ese motivo, los expertos recomiendan reservar la carga rápida para los viajes o situaciones puntuales y utilizar, siempre que sea posible, una carga más lenta en casa o en el trabajo. Es una rutina sencilla que ayuda a reducir el estrés térmico de la batería y favorece una degradación más lenta.