La autonomía y los tiempos de recarga de un vehículo eléctrico dependen en gran medida de la temperatura ambiente. Cuando el termómetro desciende con fuerza, no solo se resiente la eficiencia energética durante la marcha, también lo hace la capacidad de aceptar altas potencias en corriente continua. En un coche frío, la batería reduce de forma automática la velocidad de carga para proteger sus celdas.
No es ningún secreto que las baterías de iones de litio funcionan en un rango térmico óptimo. Cuando están demasiado frías, aumenta la resistencia interna y el sistema de gestión limita la potencia de entrada para evitar daños. El resultado es un proceso de carga sensiblemente más lento, especialmente en estaciones rápidas.
La importancia de la temperatura en la carga rápida
En condiciones ideales, una batería puede admitir picos elevados de potencia durante los primeros minutos de una recarga rápida. Sin embargo, si el acumulador se encuentra a baja temperatura, el software del vehículo restringe ese flujo energético. En la práctica, esto puede suponer pasar de una potencia cercana al máximo anunciado por el fabricante a cifras que apenas representan la mitad.

Para solucionar esta situación, muchos modelos actuales incorporan sistemas de preacondicionamiento térmico. Esta función eleva la temperatura de la batería antes de llegar al punto de carga, optimizando así el rendimiento. Lo destacable en este caso es que el propio navegador del vehículo puede activar automáticamente el calentamiento cuando se programa una estación rápida como destino.
El preacondicionamiento utiliza resistencias eléctricas o el propio sistema de climatización para llevar las celdas a su rango ideal. De este modo, al conectar el coche al cargador, la batería ya está preparada para aceptar mayores potencias, reduciendo de forma notable el tiempo total de la sesión.
Aceleraciones suaves como alternativa puntual
En aquellos vehículos que no disponen de preacondicionamiento específico, existe una alternativa menos sofisticada pero efectiva: generar demanda energética mediante la conducción. Al acelerar, la batería suministra mayor potencia al motor eléctrico, lo que provoca un aumento progresivo de su temperatura interna.
Unos cuantos acelerones controlados, siempre dentro de márgenes razonables y sin comprometer la seguridad ni la mecánica, pueden ayudar a elevar algunos grados la temperatura del paquete de baterías. En este sentido, el objetivo no es forzar el sistema, sino propiciar un calentamiento moderado antes de acudir a un punto de carga rápida.
Ese incremento térmico reduce la resistencia interna de las celdas y permite que, una vez conectado al cargador, el vehículo admita una potencia superior a la que aceptaría en frío. En determinadas circunstancias, la diferencia puede ser significativa y traducirse en tiempos de espera sensiblemente menores.
Conviene subrayar que esta práctica no sustituye a los sistemas avanzados de gestión térmica presentes en los modelos más recientes. Sin embargo, en climas fríos y en coches eléctricos sin funciones específicas de acondicionamiento, una breve fase de conducción más enérgica puede marcar la diferencia entre una carga limitada y un proceso mucho más eficiente.