Desde noviembre de 2020 Etiopía sufre los efectos de la inestabilidad política derivada de la guerra con la región septentrional de Tigre. Si bien la causus belli fue la convocatoria de elecciones en la provincia en plena pandemia, este conflicto no deja de ser fruto de las fuertes disputas étnicas para controlar el aparato gubernamental. Además, los intentos del presidente y Premio Nobel de Pau Abiy Ahmed (de la etnia Oromo) de centralizar el poder mediante la creación de un partido único ha sido un aliciente más, ya que ha desestabilizado el sistema de coaliciones étnicas que había dirigido el país desde la década de 1990.

La República Democrática Federal de Etiopía está integrada por casi dos decenas de diferentes etnias y comunidades religiosas. Todas ellas conviven dentro de un sistema gubernamental federalista dividido en doce regiones organizadas en función de la población y el grupo étnico que vive allí. Sin embargo, los dos grandes grupos: los Oromo y los Amhara que representan el 60% de la población de un país con 100 millones de habitantes, son los que recientemente controlan el Estado, lo cual acentúa las tensiones nacionalistas entre los diferentes territorios.

Este control, sin embargo, recientemente ha entrado en una profunda crisis. La supuesta rápida conquista de Tigre que contaba con la ayuda de Eritrea se ha girado en contra de las tropas del gobierno. En los últimos meses, estos han perdido un gran número de tropas y la mayor parte de zonas ocupadas, hecho que ha propiciado el retorno de las tropas de Tigre a su capital: Mekele.

Por su parte, la crisis humanitaria derivada de la guerra ha propiciado una acentuada falta de alimentos, violaciones por parte de los soldados hacia los habitantes de las zonas en conflicto y asesinatos étnicos masivos. Según las Naciones Unidas, esta situación lejos de solucionarse afecta directamente a más de cinco millones de personas y, en términos numéricos, ha propiciado el desplazamiento de centenares de miles de personas hacia otras zonas seguras (sobre todo Sudán) y la muerte por inanición de más de 300.000 personas.

Las últimas derrotas y el consiguiente estancamiento del frente han comportado para Abiy Ahmed la aparición de viejos problemas sociales y territoriales íntimamente relacionados con el conflicto del norte del país, pero que tienen su singularidad y contexto particular. Así, en las últimas semanas las tropas de Tigre se han aliado con los rebeldes Oromo del Front d'Alliberació d'Oromo, en guerra con el gobierno desde 1970 para conseguir la independencia de Oromia. Este no es un problema menor para el presidente (el cual paradójicamente es de este grupo étnico), ya que esta es la región más poblada del país y, dada su importancia estratégica y comercial, la pérdida del control de este territorio supondría una posible derrota gubernamental y una más que probable división del país en múltiples estados basados en factores lingüísticos, culturales y religiosos. Factores que, al mismo tiempo, podrían desestabilizar los países vecinos del Cuerno de África: Somalia y Sudán principalmente, y podrían suponer el inicio de futuros enfrentamientos entre los nuevos estados surgidos de la desmembración de Etiopía.

Los intentos del presidente para frenar la escalada bélica dentro de sus zonas de control implican promover una movilización general del país y utilizar estrategias de coerción social como las utilizadas a Tigre. Por ejemplo, destacan prácticas como el arresto de periodistas, cerrar internet, prohibir el acceso a personal humanitario de otros países y asesinar y encarcelar disidentes, entre ellos el opositor Jawar Mohammed. Tampoco se ha ahorrado enviar a Oromia tropas provenientes de Eritrea, su nueva aliada pero enemigo histórico de Etiopía después de las constantes guerras entre ambos estados.

La escalada de violencia y confrontación iniciada a Tigre ha puesto en evidencia las carencias del sistema político etíope para poner fin a los conflictos armados, la incapacidad del presidente y Premio Nobel de la Paz para dar respuesta a las problemáticas que van multiplicándose a medida que se alarga la guerra, así como los profundos problemas étnicos que históricamente ha acarreado Etiopía. Aunque las confrontaciones se habían podido minimizar considerablemente en las últimas dos décadas a causa del crecimiento económico, la semilla de nuevos conflictos espoleados por las victorias de las tropas de Tigre está más que presente, hecho que no da muchas razones para creer en una rápida resolución pacífica del conflicto.