Estos últimos días han vuelto a poner sobre la mesa la monumental complejidad de cualquier intento de poner fin a la guerra en Ucrania. Después de unas jornadas frenéticas marcadas por filtraciones y declaraciones contradictorias, la pregunta sobre las capitales occidentales y Kyiv es inevitable: ¿realmente estamos más cerca de la paz? A pesar del optimismo moderado de Washington y Kyiv, la realidad diplomática continúa siendo compleja y cargada de obstáculos, con múltiples actores intentando influir en el resultado final.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha asegurado recientemente que “estamos muy cerca de un acuerdo”, y el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha hablado de “importantes resultados” tras las conversaciones clave de Ginebra, sin ocultar que todavía queda mucho trabajo pendiente. Pero Moscú mantiene su postura fría y calculada. El asesor del Kremlin, Yuri Ushakov, ha reconocido que el nuevo borrador contiene elementos positivos, pero que “muchos requieren discusiones especiales entre expertos”. Dmitri Peskov, portavoz de Vladímir Putin, ha rebajado aún más las expectativas: “es prematuro” hablar de un acuerdo inminente. La distancia entre el optimismo occidental y la cautela rusa muestra que, a pesar de las reuniones y comunicados, las posiciones continúan irreconciliables.
La filtración del plan de paz de Trump
El foco reciente ha sido el plan de paz de 28 puntos filtrado de la administración Trump, percibido por muchos en Ucrania como excesivamente permisivo con las demandas rusas. El documento impone una serie de restricciones estrictas a Ucrania: limita el tamaño del ejército ucraniano a 600.000 efectivos, prohíbe el ingreso a la OTAN y limita la presencia de tropas occidentales en el país. Aunque el plan incluye la preservación formal de la soberanía ucraniana, las medidas prácticas condicionan la capacidad del país para actuar como un estado independiente. Así, muchas disposiciones son interpretadas como un castigo a la resistencia de Ucrania ante el agresor.
Al mismo tiempo, el plan contiene elementos poco atractivos para Moscú, como la destinación de al menos 100.000 millones de dólares de los activos congelados de Rusia, bajo supervisión estadounidense, a proyectos de reconstrucción en Ucrania. Sin embargo, ninguno de estos aspectos compensa la percepción de que el plan satisface demasiado las demandas rusas, en especial en lo que respecta a concesiones territoriales y a la limitación de la defensa ucraniana. Analistas como Tatiana Stanovaya consideran que Putin no tiene ningún incentivo para flexibilizar sus objetivos y confía en que Kyiv acabará aceptando los términos que le impone Moscú.
Las declaraciones recientes de Putin refuerzan esta percepción. El presidente ruso ha afirmado que el borrador estadounidense podría servir de base para negociaciones, pero solo si Ucrania cede territorios. Ha reiterado que considera "ilegítimo" el gobierno de Zelenski, argumentando que cualquier acuerdo con Kyiv sería legalmente insuficiente. Además, ha condicionado cualquier alto de la ofensiva a la retirada de las fuerzas ucranianas de los territorios que considera ocupados. Según el Kremlin, la paz solo será posible si Ucrania acepta lo que Moscú define como los términos de rendición.
La reducción del plan de paz: de 28 a 19 puntos
La diplomacia norteamericana, a pesar de las filtraciones y la polémica sobre el enviado especial Steve Witkoff, intenta mantener la iniciativa. Witkoff viajará próximamente a Rusia, mientras que en Abu Dabi ya han tenido lugar encuentros entre representantes militares ucranianos, funcionarios rusos y miembros del equipo de Trump. Europa, por su parte, trabaja en contraplanes que protejan los intereses de Kyiv, especialmente en lo que respecta a las garantías de seguridad y a la preservación de líneas de frente existentes, evitando reconocer formalmente territorios como Crimea o las regiones de Donetsk y Lugansk como rusas.
El resultado es un escenario aún indefinido. El documento de 28 puntos ha sido reducido a 19 puntos, dejando las cuestiones más controvertidas en manos de Trump y Zelenski. La reconstrucción del país, el eventual rol de la OTAN y la supervisión del cumplimiento del acuerdo continúan sin resolución. Con un Putin firme en sus ambiciones, un Trump imprevisible y un Zelenski bajo presión interna, la sensación dominante es que, a pesar del ritmo frenético de la diplomacia, la paz aún es una meta lejana.