La sociedad norteamericana se ha mostrado dividida sobre una de las propuestas más desconcertantes de la actual agenda política: la idea de tomar el control de Groenlandia. Según una encuesta reciente de CNN, tres de cada cuatro norteamericanos se oponen a este intento, con solo el 25% a favor de un posible control de los Estados Unidos sobre este inmenso territorio ártico. Una división marcada que atraviesa partidos y tendencias políticas, pero que deja claro que para la mayoría de la población esta idea va mucho más allá de la política exterior convencional.

Este mismo sondeo revela que incluso dentro del Partido Republicano la fidelidad a la propuesta no es unánime: aproximadamente el 50% de los votantes republicanos e independientes afines la apoyan, mientras que la otra mitad se muestran contrarios. Entre los demócratas, la oposición es abrumadora, con un 94% en contra de todo intento de expansión territorial estadounidense. Y más aún: casi seis de cada diez estadounidenses consideran que Estados Unidos ya ha ido demasiado lejos en el uso de la fuerza o en la expansión de su influencia global, una percepción que crece a medida que se analiza la política exterior reciente del país.

La militancia norteamericana ante otras intervenciones también muestra división. Aunque el 52 % de los encuestados se opone a una posible acción militar en Venezuela, esta cuestión polariza de manera similar a los ciudadanos y refleja un cansancio generalizado respecto al uso de la fuerza para expandir la influencia estadounidense.

Groenlandia no está en venta

Las voces políticas locales no han sido menos contundentes. Líderes de diversos partidos políticos groenlandeses han emitido declaraciones conjuntas asegurando que Groenlandia no está en venta y que solo sus propios ciudadanos deben decidir su futuro. Este mensaje ha sido reiterado con firmeza por la mayoría de los dirigentes del territorio, y recalcan que este proyecto no es una mercancía diplomática, sino una nación con historia e identidad propias.

Por otro lado, figuras como el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, han subrayado que, a pesar del debate sobre la independencia, ahora no es el momento de hablar de ella de manera precipitada, especialmente cuando una potencia extranjera está planteando convertirlo en objetivo de adquisición. Este posicionamiento refleja un equilibrio frágil entre aspiraciones de soberanía y la necesidad de protección económica y de bienestar social.

Entre la soberanía y la influencia global

Este contexto pone de manifiesto dos realidades que coexisten: en Estados Unidos, una mayoría ciudadana no ve con buenos ojos proyectos de expansión o conquistas; en Groenlandia, la población valora su autonomía. El hecho de que una amplia porción de groenlandeses prefiera la idea de la isla como estado soberano, en lugar de ser parte de los EE. UU. o mantener solo el statu quo con Dinamarca, indica una aspiración de autodeterminación que va más allá de las fronteras influenciadas por potencias externas. Al mismo tiempo, esta aspiración también se acompaña de preocupaciones prácticas sobre cómo gestionar una economía que depende bastante de subsidios e importaciones.

Al fin y al cabo, el debate sobre Groenlandia se encuentra hoy entre la política de los grandes poderes, la opinión pública norteamericana escéptica, y las voces groenlandesas que reclaman derecho a decidir su propio futuro. Mientras la Casa Blanca y algunos sectores políticos norteamericanos hablan de seguridad nacional, los ciudadanos de los países implicados y los propios groenlandeses han dejado bien claro que la soberanía y el respeto a la voluntad popular son factores innegociables.