Cuando Nikol Pashinián llegó al poder en 2018 después de encabezar una revolución pacífica contra la antigua élite política armenia, se presentó como el líder que debía modernizar el país y combatir la corrupción. Siete años después, el primer ministro ha conseguido algo muy diferente: obtener el apoyo necesario para intentar redefinir la idea misma de Armenia.
La victoria parlamentaria obtenida este domingo representa mucho más que una simple revalidación de su liderazgo. Para Pashinián, es un aval para culminar una transformación política y geopolítica que ha generado una fuerte resistencia tanto dentro como fuera del país. El dirigente armenio defiende que la supervivencia y la estabilidad del Estado implican abandonar algunas de las aspiraciones nacionales que han marcado la política del país durante las últimas décadas.
La gran ruptura se produjo a raíz del conflicto de Alto Karabaj. La derrota armenia en la guerra de 2020 ante Azerbaiyán y la pérdida definitiva del territorio en 2023 provocaron una profunda crisis nacional. Durante más de treinta años, la reivindicación de Artsakh —el nombre armenio del Karabaj— había sido una pieza central del relato nacional. Para muchos armenios, aquel territorio formaba parte inseparable de su identidad histórica.
El giro de guion prometido
Pashinián llegó a la conclusión de que aquel ciclo se había acabado. Lejos de prometer una recuperación imposible del territorio perdido, empezó a defender una estrategia basada en la normalización de las relaciones con Azerbaiyán y en la firma de un acuerdo de paz estable. Paralelamente, también ha impulsado un acercamiento a Turquía, un país con el que Armenia mantiene una relación especialmente traumática a causa del genocidio perpetrado contra los armenios bajo el Imperio Otomano a comienzos del siglo XX.
Su apuesta ha generado una oposición considerable. Una parte importante de la diáspora armenia, muy influyente en países como Francia, Rusia o Estados Unidos, considera que el gobierno está renunciando a reivindicaciones históricas esenciales. Tampoco la Iglesia Apostólica Armenia ha escondido sus discrepancias con el primer ministro, especialmente después de la derrota militar en el Karabaj.
¿Qué pasará con la Rusia de Putin?
Otro de los frentes abiertos es la relación con Rusia. Tradicionalmente, Moscú había sido el principal aliado de Armenia y mantenía una presencia militar en el país. No obstante, la percepción de que el Kremlin no protegió los intereses armenios durante las últimas crisis en Karabaj ha deteriorado profundamente los vínculos entre los dos socios. Pashinián ha aprovechado esta situación para impulsar un acercamiento progresivo a Occidente y diversificar las alianzas internacionales del país.
A pesar de las críticas, el primer ministro conserva un apoyo notable entre buena parte de la población. Muchos ciudadanos consideran que las derrotas militares de los últimos años han obligado a Armenia a afrontar una realidad incómoda y que la prioridad debe ser garantizar la seguridad y el desarrollo económico del país.
Esta es la idea que Pashinián ha convertido en el centro de su proyecto político: sustituir el viejo sueño de la reunificación nacional por una nueva cultura política basada en la convivencia regional. Es una apuesta arriesgada que desafía décadas de consensos y emociones colectivas. Pero después de las urnas, el dirigente armenio dispone ahora del capital político necesario para intentar llevarla hasta el final.