El diálogo vuelve a cernirse, pero esta vez con líneas rojas muy marcadas. El líder norcoreano, Kim Jong-un, ha dejado claro que podría volver a hablar con Estados Unidos, pero solo bajo una condición esencial: que se reconozca Corea del Norte como potencia nuclear. En un discurso ante la Asamblea Popular Suprema, Kim defendió que la guerra de Estados Unidos con Irán demuestra que su país tomó la decisión correcta manteniendo su arsenal. Sin mencionar directamente Teherán, acusó a Washington de actos de “terrorismo de estado y agresión”.
“El presente demuestra claramente” que Corea del Norte estaba justificada en rechazar las presiones y las “buenas palabras” de Estados Unidos para abandonar las armas nucleares. Kim insistió en que el estatus nuclear del país es “irreversible”.
El diálogo, en un nuevo marco
El momento llega mientras Donald Trump ha insinuado que estaría dispuesto a reanudar conversaciones con Kim, recuperando una vía diplomática que se rompió en 2019. Pero el mensaje de Pyongyang apunta que cualquier futuro contacto sería muy diferente de los anteriores.
Kim ha dejado entrever que podría volver a reunirse con Trump, pero solo si Washington abandona lo que Corea del Norte considera una “política hostil” y acepta su realidad nuclear. Esto elimina de la ecuación cualquier negociación centrada en la desnuclearización. En este sentido, el líder norcoreano no cierra completamente la puerta al diálogo, pero redefine completamente las reglas del juego. Hablar, sí; renunciar al arsenal, no.
La guerra como justificación
Para Corea del Norte, el conflicto con Irán refuerza una idea clave: los países sin armas nucleares están expuestos al poder militar de Estados Unidos, mientras que los que las tienen pueden disuadirlo. Esta lectura encaja con la narrativa que Pionyang ha mantenido durante años.
Trump ha defendido que Irán representaba una amenaza “inminente” y ha justificado los ataques como una manera de evitar que desarrolle una bomba nuclear. Sin embargo, desde la perspectiva norcoreana, este mismo argumento refuerza la necesidad de tenerla. Así, la guerra no solo tiene consecuencias inmediatas sobre el terreno, sino que también impacta en otros actores, consolidando posiciones y reduciendo los incentivos para el desarme.
Más arsenal y exhibición de fuerza
Corea del Norte es considerada un país con decenas de ojivas nucleares y asegura disponer de sistemas capaces de alcanzar el territorio continental de los Estados Unidos, aunque no han sido completamente probados.
En las últimas semanas, el régimen ha mostrado nuevas pruebas de armamento, incluyendo el lanzamiento de misiles de crucero desde un nuevo buque de guerra y proyectiles descritos como capaces de portar carga nuclear. En un congreso reciente del Partido de los Trabajadores, Kim prometió ampliar el arsenal nuclear, definiéndolo como una “voluntad firme” tanto para aumentar el número de armas como los sistemas de despliegue.
Alianzas y mensaje interno
Además de reforzar su capacidad militar, Corea del Norte también ha intensificado sus vínculos con Rusia. Medios estatales rusos han mostrado imágenes de tropas norcoreanas entrenando cerca del frente de Ucrania, en lo que se presenta como una cooperación creciente. Según esta misma línea, Pyongyang ha suministrado munición y ha desplegado miles de soldados en apoyo de Rusia. A cambio, habría recibido recursos y, potencialmente, tecnología militar y datos de combate.
Este escenario refuerza la idea de que Corea del Norte no actúa de manera aislada, sino dentro de un marco más amplio de cooperación. Todo ello, mientras Kim mantiene un mensaje claro: el diálogo es posible, pero su arsenal nuclear no está en negociación.