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En medio del Ártico, entre inmensos bloques de hielo, fiordos y poblaciones aisladas, una isla de poco más de 56.000 habitantes intenta decidir cuál quiere que sea su futuro. Groenlandia, el territorio insular más grande del mundo, ha dado un nuevo paso para conectarse con el exterior con la inauguración de su aeropuerto internacional en Ilulissat, una infraestructura que permitirá la llegada directa de grandes aviones comerciales desde Europa. Pero detrás de esta inversión hay una ambición que va mucho más allá del turismo: construir una economía lo suficientemente sólida para poder dejar de depender de Dinamarca y avanzar hacia la independencia.

El primer vuelo internacional aterrizó en Ilulissat el 29 de octubre. A bordo de un Airbus A330neo de Air Greenland viajaban 169 pasajeros, entre los que se encontraban el primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, y el ministro danés de Finanzas, Peter Hummelgaard. El trayecto directo desde Copenhague duró unas cuatro horas y media. El aeropuerto dispone de una pista de 2.200 metros, que sustituye a la antigua, de solo 845, y permitirá recibir aviones de dimensiones mucho mayores.

Nielsen definió la infraestructura como una de las inversiones más importantes de la historia del territorio. Y no es casualidad que vinculara directamente la obra con la cuestión nacional: "Si Groenlandia quiere ser independiente, necesitamos unas bases sólidas, tanto económicamente como en términos de industria y negocios", explicó en declaraciones a Associated Press.

Una isla sin carreteras y con aeropuertos estratégicos

Para entender la importancia de esta inauguración hay que conocer las particularidades geográficas de Groenlandia. Con unos 2,16 millones de kilómetros cuadrados, es la isla más grande del planeta, pero la mayor parte del territorio está cubierta por una capa de hielo permanente. La población se concentra en pequeñas ciudades y asentamientos distribuidos principalmente a lo largo de la costa. No hay carreteras que conecten las grandes poblaciones: para desplazarse entre ciudades hay que recurrir a aviones, helicópteros o barcos.

Durante décadas, la principal puerta de entrada internacional fue Kangerlussuaq, un aeropuerto construido sobre una antigua base militar estadounidense de la Segunda Guerra Mundial. Su ubicación en el interior, con unas condiciones meteorológicas más favorables, lo convertía en un punto estratégico para la aviación. Los pasajeros que querían llegar a Nuuk, la capital, o a otras ciudades tenían que continuar el trayecto con aviones más pequeños.

Esta situación comenzó a cambiar en noviembre de 2024, cuando Nuuk inauguró su nuevo aeropuerto internacional. La pista, ampliada de 950 a 2.200 metros, permitió que los grandes aviones comerciales pudieran aterrizar directamente y que la capital se convirtiera en el principal centro de conexiones aéreas del país. La transformación, sin embargo, no ha estado exenta de dificultades. La niebla, las nubes bajas, el viento y la visibilidad reducida continúan condicionando las operaciones. Air Greenland ha documentado vuelos transatlánticos que han tenido que regresar a Copenhague después de casi cuatro horas y media de trayecto porque las condiciones meteorológicas impedían aterrizar en Nuuk.

Con la apertura del aeropuerto de Ilulissat y el de Qaqortoq, inaugurado en abril de 2026, Groenlandia completa una transformación de sus infraestructuras aeroportuarias que pretende acercar a los visitantes a las principales regiones del territorio. Ilulissat, conocida como la ciudad de los icebergs, es uno de los destinos más populares de la isla. Situada en la costa occidental, acoge a cerca de 5.000 habitantes y es la puerta de entrada a uno de los paisajes naturales más espectaculares del planeta: el fiordo de hielo de Ilulissat, declarado patrimonio mundial por la Unesco.

El turismo como camino hacia la independencia

La apuesta por las infraestructuras responde a una necesidad económica. Actualmente, Groenlandia sigue dependiendo enormemente de la pesca y de las transferencias económicas de Dinamarca. En 2024, las exportaciones de pescado y marisco representaron el 97,8% del valor total de las exportaciones de bienes del territorio. El sector pesquero es, por tanto, fundamental para mantener la actividad económica y el empleo.

El turismo aparece como una de las alternativas para diversificar esta economía. Según los primeros datos oficiales elaborados con una metodología específica para medir la actividad turística, el sector representó el 4,9% del PIB groenlandés en 2024 y generó unos 1.800 puestos de trabajo directos. El gasto de los turistas internacionales alcanzó los 1.741 millones de coronas danesas.

EFE

Las autoridades quieren aprovechar el interés creciente por el Ártico, los paisajes glaciales y las experiencias en entornos naturales prácticamente intactos. Las excursiones con trineos de perros, los cruceros entre icebergs y la observación de las auroras boreales son algunos de los principales atractivos. La inauguración del aeropuerto de Ilulissat permitirá reducir los transbordos y facilitar la llegada de visitantes que hasta ahora tenían que pasar por otras ciudades groenlandesas.

Pero el crecimiento turístico también plantea interrogantes. La capacidad hotelera es limitada, muchas poblaciones tienen pocos servicios y el ecosistema ártico es especialmente vulnerable. El aumento de los visitantes puede generar oportunidades laborales e ingresos, pero también presión sobre las comunidades locales y el medio natural.

Una independencia que divide los ritmos, no el objetivo

La voluntad de desvincularse de Dinamarca no es nueva. Groenlandia consiguió el autogobierno en 1979 y amplió sus competencias con la ley de 2009, que reconoce el derecho de autodeterminación del pueblo groenlandés. Actualmente, el territorio gestiona buena parte de sus asuntos internos, pero Copenhague sigue manteniendo competencias fundamentales como la defensa, la política exterior y la política monetaria.

El camino hacia la independencia está reconocido legalmente, sin embargo requiere un acuerdo entre los dos gobiernos, la aprobación de los parlamentos correspondientes y un referéndum en Groenlandia. El principal obstáculo es económico: Dinamarca aporta una subvención anual que resulta esencial para financiar los servicios públicos y sostener la administración.

Las elecciones de marzo de 2025 volvieron a situar esta cuestión en el centro del debate político. El partido Demokraatit, liderado por Jens-Frederik Nielsen, consiguió el 29,9% de los votos con una propuesta de independencia gradual. La segunda fuerza, Naleraq, obtuvo el 24,5% y defendía acelerar el proceso. Las diferencias entre las formaciones no se centran tanto en el deseo de alcanzar la soberanía como en el ritmo y las condiciones necesarias para conseguirla.

La gran pregunta es cómo puede un territorio tan poco poblado y con una economía tan dependiente del exterior convertirse en un estado viable sin poner en riesgo el nivel de vida de sus habitantes. La pesca, el turismo y la explotación de recursos minerales son algunas de las alternativas, pero ninguna ofrece, de momento, una respuesta definitiva.

Trump y la disputa por el Ártico

La cuestión groenlandesa ha adquirido una dimensión internacional aún mayor con el interés manifestado por Donald Trump. El presidente estadounidense ya había expresado durante su primer mandato el deseo de adquirir la isla, pero durante el segundo intensificó la presión sobre Dinamarca y llegó a plantear la posibilidad de tomar el control, sin descartar inicialmente el uso de la fuerza.

El interés de Washington no es casual. Groenlandia ocupa una posición estratégica entre América del Norte y Europa, en una zona fundamental para la vigilancia militar del Atlántico Norte. Estados Unidos ya mantiene una presencia militar en la base espacial de Pituffik, en el noroeste de la isla. Además, el deshielo del Ártico está abriendo nuevas posibilidades de navegación y aumentando el interés por las reservas de minerales y otros recursos naturales.

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La presión estadounidense desembocó en un acuerdo de seguridad firmado en septiembre de 2026 entre Washington, Copenhague y Nuuk. El pacto amplía el papel de Estados Unidos en la defensa de la isla y limita la posibilidad de que países ajenos a la OTAN desarrollen determinadas actividades militares o inversiones estratégicas. El Parlamento groenlandés lo aprobó el 5 de noviembre, con 16 votos favorables y siete abstenciones. El acuerdo establece que las disposiciones de seguridad también continuarían vigentes si Groenlandia se independizara. Una circunstancia que ilustra hasta qué punto el futuro del territorio está condicionado por intereses que van mucho más allá de sus fronteras.

Una isla que quiere decidir su futuro

Groenlandia se encuentra, por lo tanto, ante una paradoja: quiere reducir la dependencia de Dinamarca, pero necesita inversiones, infraestructuras y mercados internacionales para conseguirlo. Quiere aprovechar el interés de las grandes potencias, pero sin perder el control sobre su territorio. Y quiere convertirse en un destino turístico internacional sin comprometer el entorno natural que la hace única.

La inauguración del aeropuerto de Ilulissat es mucho más que la llegada de un primer avión desde Copenhague. Es un símbolo de la ambición de un territorio que intenta construir las condiciones materiales para decidir su propio destino. En un Ártico cada vez más disputado, Groenlandia quiere dejar de ser solo una pieza del tablero geopolítico y convertirse en un actor con voz propia.