Europa vive estos días una nueva ola de calor excepcional. Francia, España, el Reino Unido o Suiza han encadenado récords históricos de temperatura en pleno mes de junio, pero los científicos insisten en que lo más preocupante no es solo el termómetro de esta semana. La verdadera señal de alerta es que Europa se está calentando más deprisa que cualquier otro continente del planeta.
Los datos del programa europeo Copernicus son contundentes. Desde mediados de los años noventa, la temperatura media en el continente ha aumentado unos 0,56 grados centígrados por década, más del doble del ritmo de calentamiento global. Este incremento explica que las olas de calor sean cada vez más frecuentes, más intensas y más largas.
Los expertos coinciden en que la principal causa sigue siendo la misma: las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la actividad humana. Pero el caso europeo tiene particularidades que aceleran todavía más este proceso.
¿Qué pasa con el Ártico?
Una de las claves es el Ártico. La desaparición progresiva del hielo marino deja al descubierto grandes superficies de océano oscuro que absorben mucha más radiación solar que el hielo blanco, que la reflejaba. Este efecto de amplificación acelera especialmente el calentamiento del norte de Europa y modifica los patrones atmosféricos de todo el hemisferio.
También contribuye un factor aparentemente paradójico. Las políticas europeas para reducir la contaminación han disminuido la presencia de aerosoles en la atmósfera, unas partículas que, a pesar de ser nocivas para la salud, también reflejaban una parte de la radiación solar hacia el espacio. Con un aire más limpio, llega más energía solar a la superficie terrestre. A esto se suma una reducción cada vez más acusada de la cubierta de nieve. Menos nieve significa menos superficie capaz de reflejar la luz solar y más suelo absorbiendo calor. Es un círculo que alimenta todavía más el aumento de las temperaturas.
Una preocupación de altura
Pero uno de los mecanismos que más preocupa a los climatólogos se encuentra a miles de metros de altura. Varios estudios apuntan que el cambio climático está alterando el comportamiento de la corriente en chorro, el gran río de vientos que condiciona el tiempo en el hemisferio norte. En determinadas situaciones, esta corriente se divide en dos ramas y deja atrapadas masas de aire muy caliente sobre Europa durante días o incluso semanas. Este patrón ya se observó durante la devastadora ola de calor del 2003, que provocó más de 70.000 muertos, y ahora parece producirse con más frecuencia.
Un estudio de la red científica World Weather Attribution concluye que un episodio como el actual habría sido prácticamente imposible hace medio siglo. Los investigadores estiman que hoy es aproximadamente cien veces más probable registrar una ola de calor de esta magnitud que en el año 2003, y atribuyen este aumento de probabilidad de manera inequívoca al calentamiento global provocado por la actividad humana.
Víctimas del calor
Las consecuencias ya son visibles. En España, el sistema de monitorización de la mortalidad ha estimado más de 200 muertes asociadas al calor en solo cuatro días. En Francia, el balance también incluye decenas de víctimas indirectas, mientras varios países han tenido que cerrar escuelas, limitar servicios ferroviarios o restringir actividades al aire libre. La pregunta ya no es si Europa continuará calentándose. Los científicos coinciden en que esto pasará. La cuestión es a qué velocidad y hasta qué punto las sociedades serán capaces de adaptarse. Cada nuevo récord de temperatura deja de ser una excepción para convertirse, lentamente, en la nueva normalidad.