A las puertas de un nuevo relevo en la Secretaría General de las Naciones Unidas, una evidencia incómoda vuelve al centro del debate: en ochenta años de historia, ninguna mujer ha ocupado jamás el cargo más alto del sistema multilateral. No es una anécdota ni una casualidad estadística, sino el reflejo de un desequilibrio estructural que persiste, incluso en una institución que proclama la igualdad como principio fundacional.
El informe Las mujeres en el multilateralismo, elaborado por la organización GWL Voices, sitúa esta ausencia en el contexto de una infrarrepresentación más amplia. De más de cuarenta candidaturas a la Secretaría General a lo largo de ocho décadas, solo ocho han sido femeninas. Durante los primeros sesenta años de vida de la ONU, ni siquiera se consideró oficialmente a una mujer. El primer precedente no llegó hasta 2006, y el momento de máxima apertura, en 2016, cuando siete mujeres compitieron por el cargo, terminó igualmente con la elección de un hombre.
Este bloqueo contrasta con la trayectoria de muchas mujeres en otros ámbitos del multilateralismo. Según el mismo informe, casi la mitad de las organizaciones internacionales analizadas están hoy lideradas por una mujer. La paridad, pues, no es una utopía ni una excepción absoluta. Pero el progreso se detiene justo allí donde el poder político es más denso y más disputado.
Un proceso opaco que frena el cambio
La clave no es la falta de perfiles cualificados. Figuras como Helen Clark o Susana Malcorra, excandidata en 2016, lo expresan con claridad: mujeres con experiencia, liderazgo y credibilidad internacional llevan décadas ahí. El problema radica en los mecanismos de selección y, sobre todo, en el filtro final del Consejo de Seguridad, donde cinco países concentran el derecho de veto. Un proceso formalmente multilateral, pero prácticamente opaco, que continúa condicionando cualquier candidatura, por mucho apoyo que tenga fuera de las salas cerradas.
El debate no es solo simbólico, pero el simbolismo importa. En un momento de crisis de confianza en el sistema internacional, la elección de una mujer enviaría un mensaje de renovación real. No porque las mujeres gobiernen mejor por definición, sino porque aportarían una ruptura con una inercia que ya no se puede justificar. Como recuerda Malcorra, la Carta de la ONU habla de “nosotros, los pueblos”, no de una mitad de ellos.
El sesgo invisible que frena el ascenso de las mujeres en la ONU
Los sesgos, además, operan de manera sutil pero persistente. Las mujeres candidatas son a menudo juzgadas por atributos que raramente se cuestionan en los hombres: si son demasiado duras o demasiado conciliadoras, demasiado fuertes o demasiado empáticas. El mérito se convierte así en un criterio flexible, aplicado con baremos diferentes según el género.
Los datos sobre representación diplomática confirman este patrón. Solo una cuarta parte de los representantes permanentes ante la ONU son mujeres, y decenas de países nunca han nombrado ninguna. La desigualdad aumenta en los órganos de gobierno, donde se deciden prioridades y liderazgos, y donde la presencia femenina apenas supera el 30%.
La pregunta, llegados a este punto, ya no es si hay mujeres preparadas para dirigir la ONU. La pregunta es qué impide que lo hagan. Y mientras esta respuesta no cambie, la promesa de igualdad del multilateralismo continuará siendo, también, una asignatura pendiente.