El régimen iraní ha entrado en una nueva fase de su respuesta a las protestas antigubernamentales: una combinación de represión letal, amenazas de ejecución y cierre informativo que pone a prueba hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad internacional, especialmente los Estados Unidos. Las advertencias de Washington, cada vez más duras en el plano verbal, contrastan con la falta de claridad sobre qué líneas rojas está dispuesto a hacer cumplir.

El presidente estadounidense, Donald Trump, ha afirmado que Estados Unidos tomará “acciones muy fuertes” si Irán ejecuta a manifestantes detenidos durante las protestas. Las declaraciones llegan mientras familiares de Erfan Soltani, un joven de 26 años arrestado la semana pasada, aseguran que podría ser ejecutado de manera inminente, según han explicado a BBC Persian. El caso se ha convertido en un símbolo de la nueva estrategia del régimen: utilizar la pena de muerte como herramienta de disuasión política.

Según la Agencia de Noticias de Activistas por los Derechos Humanos (HRANA), con sede en Estados Unidos, al menos 2.571 personas han muerto desde el inicio de las protestas. La mayoría serían manifestantes, pero también hay miembros de las fuerzas de seguridad y civiles. Estas cifras no han podido ser verificadas de manera independiente, en parte debido al bloqueo casi total de internet y a las restricciones impuestas a los medios internacionales.

Aranceles del 25% a cualquier país que comercie con Irán

En este contexto, el mensaje de Trump –“la ayuda está en camino”– busca proyectar apoyo a los manifestantes, pero también genera interrogantes. Preguntado por CBS News sobre qué significa esta ayuda, el presidente habló de medidas económicas y recordó que ya ha anunciado aranceles del 25% a cualquier país que comercie con Irán. Aun así, evitó concretar si Washington contempla sanciones adicionales, presión diplomática coordinada u opciones militares.

Para Teherán, la confrontación con EE. UU. no es un efecto colateral, sino parte del cálculo. El gobierno iraní ha acusado a Trump de incitar a la violencia y de buscar un pretexto para una intervención exterior, una narrativa habitual que el régimen utiliza para presentar las protestas como una conspiración extranjera. El embajador iraní ante la ONU ha advertido que “este manual ya ha fracasado antes”, en referencia a los intentos de presión estadounidense.

Demostración de fuerza rápida

Analistas consultados por la BBC apuntan que el régimen apuesta por una demostración de fuerza rápida y contundente para evitar que las protestas se consoliden como un movimiento irreversible. Las ejecuciones, o incluso la amenaza creíble de aplicarlas, forman parte de esta estrategia de choque. Al mismo tiempo, Irán confía en que la comunidad internacional se limitará a condenas verbales, como ha ocurrido en episodios anteriores.

Para Estados Unidos, el dilema es evidente. Una respuesta demasiado contundente podría escalar el conflicto en una región ya altamente inestable. Pero la inacción, advierten defensores de los derechos humanos, podría ser interpretada como una luz verde implícita para nuevas ejecuciones. Con la represión intensificándose y la información saliendo del país a cuentagotas, el régimen iraní continúa presionando los límites de un sistema internacional que, de momento, aún no ha decidido hasta dónde está dispuesto a llegar.