La conmemoración del final de la Segunda Guerra Mundial continúa teniendo un significado profundamente diferente en Rusia y en otros territorios de la antigua Unión Soviética. En estos países, el conflicto se recuerda como la Gran Guerra Patria, un concepto cargado de simbolismo que delimita el período entre la invasión nazi de 1941 y la victoria de 1945.

El término no es casual. Recupera una idea histórica de resistencia nacional ya utilizada contra Napoleón Bonaparte y fue reactivado por la propaganda soviética para movilizar a la población ante la ofensiva de Adolf Hitler. La guerra se presentó como una lucha existencial, no solo militar, sino también por la supervivencia del pueblo, la cultura y el sistema político.

El impacto del conflicto fue devastador. Se calcula que más de 20 millones de ciudadanos soviéticos perdieron la vida, entre combatientes y civiles. Este coste humano explica por qué el recuerdo continúa tan presente en la memoria colectiva. Ciudades como San Petersburgo —entonces Leningrado— o Stalingrado se convirtieron en símbolos de resistencia extrema y sacrificio.

Desfile por el Día de la Victoria / EFE
Desfile por el Día de la Victoria / EFE

Putin se hace suyo el Día de la Victoria

Con el paso de los años, esta memoria se ha institucionalizado. Bajo el liderazgo de Vladímir Putin, el 9 de mayo se ha consolidado como uno de los pilares del discurso nacional ruso. El desfile militar en Moscú ha funcionado durante décadas como una demostración de poder y como una reafirmación del papel decisivo de la Unión Soviética en la derrota del nazismo.

Sin embargo, el contexto actual ha alterado esta imagen. Con la guerra de Ucraïna aún abierta desde 2022, la celebración de este año llega marcada por la tensión y las medidas de seguridad. La amenaza de los drones ucranianos ha obligado a las autoridades a reforzar la vigilancia e incluso a limitar las comunicaciones móviles en ciudades como Moscú y San Petersburgo. Durante varios días, el acceso a internet móvil ha estado restringido y servicios básicos como los SMS han sufrido interrupciones.

Además, el desfile se hará con menos presencia de equipamiento militar pesado, un hecho poco habitual que evidencia el impacto de la guerra en la imagen de fuerza que tradicionalmente proyecta el Kremlin. Este cambio no es solo logístico, sino también simbólico: el relato de poder se ve condicionado por un conflicto que ha llegado, al menos indirectamente, al territorio ruso.

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Murmansk / Europa Press

Desde Kíiv, el presidente Volodímir Zelenski ha sugerido que estas celebraciones podrían convertirse en objetivos, reforzando la percepción de vulnerabilidad. En paralelo, coinciden con intentos fallidos de tregua: Moscú ha propuesto un alto el fuego limitado a los días conmemorativos, mientras que Ucrania ha planteado una pausa diferente y más amplia. Las dos propuestas, sin embargo, continúan sin encajar.

Cómo el Kremlin utiliza la conmemoración 

Más allá del frente militar, el Día de la Victoria mantiene una función política clave. El Kremlin utiliza la memoria de 1945 para reforzar una narrativa de continuidad histórica, presentando Rusia como una nación que lucha constantemente contra amenazas externas. Esta lectura se ha trasladado directamente al conflicto actual, convirtiendo el pasado en una herramienta para legitimar el presente.

En este contexto, el 9 de mayo deja de ser solo una jornada de recuerdo. Se convierte también en un reflejo de las tensiones contemporáneas, donde la memoria, la guerra y la política se mezclan para definir la imagen de una Rusia que intenta mantener su relato de fortaleza en medio de un escenario cada vez más incierto.