Durante décadas, las ciudades japonesas crecieron sin freno. Se construían nuevos barrios, se levantaban rascacielos residenciales y se ganaba terreno al mar para alojar a una población que no dejaba de aumentar. Hoy, sin embargo, Japón afronta una realidad completamente diferente: cada vez hay menos habitantes y más gente mayor. La transformación es tan profunda que muchas administraciones locales ya trabajan para adaptar sus ciudades a un futuro de decrecimiento.
Los datos provisionales del censo de 2025 muestran que el país ha perdido 3,1 millones de habitantes en solo cinco años, la mayor caída registrada hasta ahora. La población se sitúa actualmente en 123 millones de personas, muy lejos de los casi 128 millones alcanzados en 2008, cuando Japón tocó techo demográfico. Según las proyecciones oficiales, el país podría bajar hasta los 87 millones de habitantes en el año 2070.
Detrás de estas cifras hay dos fenómenos que hace años que preocupan a las autoridades: una de las tasas de natalidad más bajas del mundo y un envejecimiento acelerado de la población. Casi uno de cada tres japoneses tiene más de 65 años, mientras que el número de nacimientos continúa marcando mínimos históricos.
Las casas vacías se multiplican
Las consecuencias ya son visibles en muchas zonas del país. Poblaciones rurales que se van vaciando, escuelas que cierran por falta de alumnos y barrios enteros con viviendas abandonadas forman parte de un paisaje cada vez más habitual.
La ciudad de Kobe, en el oeste del país, es un ejemplo de cómo las administraciones intentan anticiparse a este escenario. Después de años de crecimiento, la población comenzó a disminuir a partir de 2010. Desde entonces, el municipio ha visto aumentar de manera constante el número de viviendas sin uso.
Actualmente, hay más de 118.000 casas vacías en la ciudad. Para evitar que estos inmuebles se conviertan en un problema urbanístico y social, el Ayuntamiento ofrece ayudas económicas para derribar edificios deteriorados o rehabilitarlos para convertirlos en equipamientos comunitarios.
Uno de los proyectos impulsados gracias a estas subvenciones es el de una antigua casa de más de cien años transformada en un espacio para actividades vecinales. Talleres, cursos y encuentros comunitarios han devuelto la vida a un edificio que había quedado abandonado, una fórmula que las autoridades quieren replicar en otros barrios.
Menos construcción y más reutilización
La respuesta de Kobe no se limita a recuperar viviendas antiguas. La ciudad también ha decidido prohibir la construcción de grandes torres residenciales en determinadas zonas. El motivo es simple: las autoridades temen que en las próximas décadas muchos de estos edificios acaben parcialmente vacíos o abandonados.
La decisión simboliza un cambio de paradigma. Si durante generaciones la planificación urbana se basaba en la expansión, ahora muchas ciudades japonesas se preparan para gestionar la contracción. El objetivo ya no es crecer, sino mantener servicios y calidad de vida con una población cada vez más reducida.
A pesar de ello, el fenómeno no afecta a todo el país de la misma manera. Mientras las zonas rurales y muchas ciudades medianas pierden habitantes, grandes metrópolis como Tokio u Osaka continúan atrayendo población y concentrando actividad económica.
Esta desigualdad territorial preocupa al gobierno japonés, que busca fórmulas para descentralizar empresas y trabajadores e incentivar la natalidad. Sin embargo, los expertos coinciden en que la tendencia será difícil de revertir. Por ello, más que intentar recuperar el pasado, Japón ha empezado a prepararse para convivir con una realidad inédita: ser una de las primeras grandes economías del mundo obligada a adaptar sus ciudades a una población en retroceso.