"Y Trump queda... Tercero por voto popular". Los vivas han resonado por toda la lujosa sala del Hotel Majestic donde se ha reunido el bueno y mejor de la política autonómica mientras el cónsul de los Estados Unidos, Marcos Mandojana, desgranaba los resultados locales de esta pequeña ficción electoral. En la entrada, cada invitado había recibido una papeleta donde podía votar por cualquiera de los candidatos, incluso uno "otros" que algunos han querido que fuera Bernie Sanders.
No se sabe qué ha votado al president de la Generalitat, Carles Puigdemont, ni su fiel conseller de Cultura, Santi Vila. Tampoco hemos podido saber qué ha votado a la delegada del Gobierno Central, Llanos de Luna, que ha hecho una aparición tan discreta como fugaz. Pero el güisqui con Ginger Ale que ha corrido generosamente, gentileza de una conocida marca americana, ha ayudado a que la candidata del Partido Verde, Jill Stein, consiguiera una fabulosa segunda posición. Seguro que los concejales de Barcelona en Comú han tenido alguna cosa que ver.
El cónsul ha oficiado una ceremonia de sonrisas, apretones de manos de manos y pastel de chocolate, que se ha ido oscureciendo a medida que las caras conocidas se iban marchando y Trump remontaba resultados a Florida. Todo un triunfo de la diplomacia pública del cual representantes de Diplocat y Departamento de Exteriores nuestro tomaban nota.
Al final, las sonrisas se han transformado en caras Trump, caracterizadas por el aspecto de manzanas agrias con la nariz fruncida y un cierto sentimiento de no entender nada. Porque los americanos no entienden a los europeos, nosotros no entendemos a los americanos y, por lo que se ve, los americanos que viven a entre nosotros tampoco parecen entender su país. Si una cosa queda clara, es que Barcelona no es Florida.