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Una de las mayores dificultades de muchos padres es aceptar que proteger a un hijo no significa evitarle cualquier error. Silvia Congost, psicóloga especializada en autoestima y relaciones, insiste precisamente en esa diferencia. “¿No quieres que se equivoque? Lo siento, se va a equivocar”, explica al hablar de cómo acompañar a los hijos durante su crecimiento. Para la especialista, equivocarse no es una anomalía que los padres deban eliminar, sino una parte inevitable del aprendizaje.

Congost reconoce que tener hijos implica también convivir con la preocupación. Los padres saben que sufrirán cuando sus hijos sufran y que muchas veces tendrán la tentación de anticiparse para impedir que algo salga mal. El problema aparece cuando ese miedo se convierte en sobreprotección. Según la psicóloga, el mensaje que debería recibir un hijo es distinto: sus padres confían en él y creen que, incluso cuando tome una decisión equivocada, será capaz de encontrar nuevamente el camino.

Proteger demasiado también transmite miedo

La especialista utiliza casos de consulta para explicar las consecuencias que puede tener una educación basada constantemente en el temor. Recuerda, por ejemplo, a un paciente cuya madre encontraba peligros en prácticamente cualquier actividad cotidiana cuando era pequeño. No podía ir de campamento por si enfermaba ni asistir tranquilamente a determinados planes porque siempre aparecía la posibilidad de que ocurriera algo grave.

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El niño, explica Congost, puede acabar interiorizando que el mundo es un lugar hostil y lleno de amenazas. El objetivo no consiste en retirar todos los límites, porque también considera que crecer sin ellos es un error, sino en encontrar el equilibrio entre enseñar cuáles son las líneas que no deben cruzarse y permitir después que el hijo tome decisiones propias. Intervenir constantemente puede impedir que desarrolle seguridad y autonomía.

Confiar no significa desentenderse

Congost tampoco plantea que los padres deban permanecer al margen. Pueden aconsejar, expresar su opinión y advertir sobre aquello que consideran peligroso, pero después necesitan dejar cierto margen para que el hijo gestione sus propias experiencias. El aprendizaje, recuerda, funciona muchas veces mediante ensayo y error, y eliminar completamente esa posibilidad resulta imposible.

La clave está en acompañar sin transmitir que cualquier equivocación constituye un desastre. Cuando un hijo siente que sus padres confían en él, también recibe el mensaje de que puede afrontar las consecuencias de sus decisiones y aprender de ellas. Por eso Congost insiste en una idea incómoda para cualquier padre: su hijo se equivocará. La cuestión no es conseguir que nunca suceda, sino darle las herramientas suficientes para saber qué hacer cuando inevitablemente ocurra.