Volar largas distancias tiene algo de mágico: conectar continentes en horas y contemplar amaneceres desde 10 000 metros de altura. Pero también tiene un precio físico: el jet lag. El piloto Ramón Vallés lo resume con una frase impactante: “He dormido sin parar, 20 horas y 30 minutos” tras un vuelo de larga distancia. Ese tipo de sueño profundo y prolongado no es casualidad, sino una respuesta del cuerpo a una fatiga acumulada y a la desincronización del reloj biológico, algo habitual entre profesionales que cruzan múltiples husos horarios con frecuencia.

Cómo afecta el jet lag a quienes cruzan husos horarios

Los pilotos de aviones transoceánicos (vuelos entre Europa y América, o entre Europa y Asia) enfrentan jornadas laborales intensas que combinan largas horas de vuelo con diferencias horarias drásticas. Aunque la legislación aeronáutica regula estrictamente las horas de vuelo y descanso mínimo obligatorio para garantizar la seguridad, estos profesionales no dejan de estar expuestos a cambios frecuentes en el reloj biológico.

Un piloto con rutas transatlánticas puede, por ejemplo, despegar desde Madrid por la noche, cruzar varios husos horarios y aterrizar en Nueva York al mediodía local, para luego regresar a España cruzando nuevamente esos mismos husos. En una misma semana pueden experimentar desajustes de 5, 6 u 8 horas, lo que altera los ritmos naturales del sueño, la vigilia, la temperatura corporal y los ciclos hormonales.

El jet lag es precisamente ese desfase temporal entre el reloj interno y la hora local de destino. Matemáticamente, no hay forma de “adaptar” instantáneamente el cuerpo a una nueva zona horaria: los ritmos circadianos tardan varias jornadas en reajustarse. Esto significa que un piloto puede sentir sueño intenso cuando debería estar despierto o, como en el caso de Ramón Vallés, dormir 20 horas sin interrupción cuando finalmente tiene la oportunidad de descansar.

Los efectos del jet lag incluyen:

  • Somnolencia extremada y dificultad para concentrarse

  • Alteraciones en el apetito y digestión

  • Irritabilidad o sensación de malestar general

  • Dificultades para dormir durante las noches locales

  • Rendimiento cognitivo reducido temporalmente

Para alguien que maneja aeronaves, estas consecuencias no solo son incómodas, sino que también son un desafío serio a la hora de cumplir con responsabilidades de seguridad y operativas.

Cómo mitigar el jet lag dentro de lo posible

Aunque es imposible eliminar el jet lag de raíz, existen estrategias para reducir su impacto:

  1. Adaptar gradualmente los horarios de sueño: antes de un vuelo largo, ajustar progresivamente los tiempos de descanso hacia la zona horaria de destino puede facilitar la transición.

  2. Dormir bien antes del viaje: llegar descansado al vuelo ayuda a acumular “reserva” de sueño.

  3. Hidratación constante y evitar estimulantes (cafeína o alcohol) durante el vuelo.

  4. Exposición controlada a la luz solar al llegar a destino: la luz natural ayuda a reajustar el ritmo circadiano.

  5. Siestas estratégicas: tomar siestas cortas puede ayudar a aliviar la somnolencia sin interferir con el sueño nocturno local.

Para pilotos como Ramón, muchas de estas estrategias son parte de la rutina profesional, pero el cuerpo siempre termina manifestando el esfuerzo acumulado. Dormir 20 horas y media no es un récord ni una anécdota aislada, sino un reflejo de cómo el organismo “recupera” tras un largo período sometido a desfases horarios continuos.

Jet lag, trabajo y descanso

El jet lag no es un mito ni una exageración; es una realidad fisiológica que afecta tanto a viajeros frecuentes como a quienes vuelan por trabajo. Para los pilotos, que cruzan husos horarios regularmente, la adaptación del reloj biológico es un proceso constante, y el sueño prolongado —como el que vivió Ramón Vallés— es una manifestación de la necesidad del cuerpo de restablecer un equilibrio que los vuelos prolongados y los cambios horarios alteran de forma continuada.