Naila Martínez, psicóloga infantil: “Nunca obligues a un niño a comer, animar sí, forzar no”

Naila Martínez, una psicóloga infantil, lanza un mensaje claro a las familias: obligar a un niño a comer no es una buena estrategia. Explicó que la respuesta debe ser rotundamente negativa cuando se plantea forzar. Sí se puede animar, ofrecer, acompañar o buscar maneras de acercar nuevos alimentos, pero convertir la mesa en una pelea puede dañar la relación del pequeño con la comida.

La diferencia entre animar y forzar es fundamental. Animar puede significar presentar el alimento de otra manera, dejar que el niño lo toque, lo huela o lo tenga cerca antes de probarlo. Forzar implica presión, amenazas, chantajes o condiciones como terminar el plato para obtener un postre. Martínez advierte de que esas fórmulas pueden funcionar a corto plazo, pero transmiten mensajes equivocados.

Comer no debería convertirse en una batalla

Cuando se utiliza el postre como recompensa, el niño aprende que aquello que debe comer primero es una obligación desagradable y que lo deseable llega después. La especialista propone lo contrario: crear un ambiente normal y agradable alrededor de la comida, sin convertir cada bocado en una negociación. El objetivo no es conseguir que pruebe todo inmediatamente, sino favorecer una relación más natural con los sabores.

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También recomienda entender por qué el niño rechaza un alimento o tiene menos hambre. Puede haber comido recientemente, estar cansado, haber tenido un disgusto o simplemente necesitar más exposiciones antes de aceptar una textura nueva. Los adultos deben ofrecer opciones saludables y permitir que el niño decida cuánto come, evitando insistir en que deje el plato limpio.

Ofrecer muchas veces funciona mejor que obligar

La perseverancia no desaparece, sino que cambia de forma. Un alimento rechazado puede volver a presentarse en otros momentos, con distintas preparaciones y sin presión. Incluso tocarlo puede ser un primer paso. Así, el niño mantiene la posibilidad de explorar mientras conserva sus señales internas de hambre y saciedad, algo especialmente importante.

Obligar, amenazar o insistir constantemente puede hacer que la comida se asocie con conflicto y aumentar el rechazo. Por eso Martínez resume una idea sencilla para las familias: acompañar y animar sí, forzar no. Los padres siguen decidiendo qué alimentos ofrecen y cuándo se come, pero el niño necesita margen para regular cuánto quiere comer. Cuando existen pérdidas de peso, dificultades para tragar, vómitos repetidos o un rechazo alimentario persistente, conviene consultar con el pediatra o un profesional especializado.