Hay lugares que parecen quedarse en silencio durante siglos, como si guardaran su propia versión de la historia sin mucha prisa por explicarla. Sant Miquel de Cruïlles es un buen ejemplo. Un monasterio con peso dentro del pasado catalán, pero del cual, curiosamente, sabemos menos de lo que sería esperable.
Durante mucho tiempo, lo poco que se conocía se ha ido repitiendo casi como un eco, a veces con versiones que no acababan de encajar entre ellas. Y es que, sin ningún documento fundacional claro, todo se vuelve más difuso, más abierto a interpretaciones.
Un origen entre dudas e hipótesis
Durante años se dio por hecho que la iglesia había sido fundada el año 904 por el obispo Servus Dei. Pero estudios más recientes ponen en duda esta idea y apuntan que aquel documento podría referirse, en realidad, a otra iglesia de la zona de la Bisbal o Fonteta.
El primer rastro sólido llega más tarde, el 7 de abril de 1035, con el testamento de Gilabert de Cruïlles, que deja un legado. Esto, como mínimo, confirma una cosa clave: el monasterio ya funcionaba en aquel momento. A partir de aquí, otros documentos van apareciendo y refuerzan esta presencia.
El poder de las familias y las alianzas
Hay una conexión clara entre el monasterio y la familia señorial de Cruïlles. Todo hace pensar que tuvieron un papel directo en su creación o, como mínimo, en su impulso inicial. No eran los únicos: los señores de Sant Sadurní de l’Heura también estuvieron implicados en diferentes operaciones.
Incluso figuras destacadas como Ermessenda de Carcassona dejaron su huella, con donaciones que demuestran la importancia del lugar. Más adelante, el mismo Ramon Berenguer III también contribuyó. No era, por lo tanto, un monasterio cualquiera, sino un espacio con apoyo de las grandes élites del momento.
Un vínculo inesperado con Italia
Una de las partes más sorprendentes de su historia es la relación con la abadía italiana de San Michele della Chiusa, en el Piamonte. Todo indica que, hacia el siglo XI, Sant Miquel de Cruïlles pasó a depender de este gran centro benedictino, a pesar de la distancia.
Esta conexión no era solo simbólica. Documentos papales confirmaban que Cruïlles formaba parte de las posesiones de la abadía italiana. Un detalle que dice mucho de la red de poder e influencia que se movía en la época.
Del esplendor a la decadencia
Con el paso de los siglos, el monasterio fue perdiendo fuerza. Hasta el punto de que, el año 1592, solo quedaban un monje y el prior. En aquel momento, la casa fue anexionada a Sant Pere de Galligants, en Girona, y su documentación se dispersó. Durante la Guerra del Francés, el lugar fue ocupado por el ejército, y no fue hasta bien entrado el siglo XX que se recuperó un cierto interés por el conjunto y por el patrimonio que aún conservaba.
A pesar de las transformaciones, la iglesia monástica aún mantiene una presencia imponente. Es de planta basilical, con tres naves y un transepto coronado por una cúpula. Los ábsides semicirculares aún están, como una huella clara del siglo XI.
Con el tiempo, eso sí, se hicieron modificaciones: una torre adosada, contrafuertes, una nueva fachada en el siglo XVI después de un derrumbe… Cada capa explica una época diferente. Y aun hoy, si te fijas bien, se pueden ver restos de la sala capitular o fragmentos de pintura mural. Detalles como leones enfrentados sobre fondo rojo o escenas bíblicas que han sobrevivido al paso del tiempo.