Martín Berasategui ha hablado de su padre con una mezcla de orgullo, nostalgia y tristeza. El chef reconoce que una de las cosas que más le apenan de todo lo conseguido es que él no pudiera verlo. Murió antes de que llegaran los grandes restaurantes, las estrellas Michelin, la televisión y una dimensión profesional que seguramente le habría resultado difícil imaginar.
“Si mi aita estuviera aquí ahora no entendería nada”, ha explicado. Berasategui piensa en cómo reaccionaría al verlo vinculado a restaurantes de distintos países, convertido en una figura mediática y publicando libros para acercar sus recetas a cualquier casa. Cree que “alucinaría en colores”, aunque también está convencido de que sabía que su hijo tenía talento, carácter y capacidad de trabajo.
Su padre sabía que tenía “garrote”
Cuando Martín era joven, su padre ya percibía una energía particular en él. Lo llamaba “el zurdo” y confiaba en que podría abrirse camino gracias a una mezcla de talento y esfuerzo. El cocinero utiliza una palabra para resumir esa actitud: “garrote”. Para él significa fuerza, energía, ganas, hambre de mejorar y voluntad de vaciarse en todo lo que hace.

Ese concepto terminó convirtiéndose en una de las señas de identidad de su carrera. Berasategui no entiende la cocina sin trabajo constante, disciplina, curiosidad y respeto por quienes lo acompañan. Esa mentalidad procede de su familia y de una educación en la que el esfuerzo tenía más valor que cualquier reconocimiento. Su padre no llegó a ver las consecuencias de todo aquello.
Un homenaje que sigue presente en su firma
Berasategui ha encontrado una forma personal de mantenerlo cerca. La firma que aparece asociada a su nombre y a buena parte de sus proyectos no es la suya, sino la que utilizaba su padre. Convertirla en parte de su identidad profesional fue una manera de conseguir que estuviera presente en cada restaurante, producto y proyecto que llegara después.
Por eso, cuando repasa todo lo conseguido, el éxito tiene también un punto de ausencia. Le habría gustado enseñarle hasta dónde llegó aquel joven al que veía trabajar y demostrarle que su intuición era correcta. Su padre no pudo contemplar las estrellas, los restaurantes ni el reconocimiento internacional, pero sigue formando parte de todos ellos. Berasategui no habla desde el lamento permanente, sino desde la gratitud. Sabe que gran parte del “garrote” que lo convirtió en cocinero nació en casa y que, aunque su padre no pudiera verlo triunfar, su huella continúa firmando cada uno de sus logros.