Cargando...

Discutir con un hijo no significa automáticamente que exista una mala relación. El psicólogo clínico Mark Dangerfield ha insistido en una idea que puede resultar especialmente liberadora para muchos padres: las relaciones familiares sanas también incluyen enfados, desencuentros y momentos en los que nadie sabe gestionar bien lo que está sintiendo. Lo verdaderamente importante llega después.

En una entrevista con El País, Dangerfield explicaba que una buena relación con los hijos no es aquella en la que nunca aparece el conflicto, sino aquella que sabe repararlo. Dicho de otra manera, el problema no está únicamente en levantar la voz o acabar una conversación enfadados, sino en dejar que esa ruptura se enquiste sin volver sobre ella.

Pedir perdón también educa

La reparación puede adoptar formas muy sencillas. Volver a hablar cuando todos están más tranquilos, reconocer que una reacción fue excesiva o decir "antes no te he escuchado bien" puede tener más valor que intentar mantener una relación aparentemente perfecta en la que nunca existe fricción.

Facilita la crianza compartida con las mejores apps para padres en iOS

Dangerfield trabaja desde la perspectiva de la mentalización, que pone mucho énfasis en intentar comprender qué piensa y siente la otra persona, incluso cuando su comportamiento resulta difícil. En la adolescencia esto cobra todavía más importancia porque padres e hijos pueden interpretar una misma situación de maneras completamente opuestas.

Los padres no necesitan hacerlo todo bien

Uno de los errores más habituales es pensar que una buena crianza exige responder siempre correctamente. Eso puede generar una presión enorme. Los padres también llegan cansados, pierden la paciencia o dicen cosas de las que después se arrepienten. La diferencia está en lo que hacen cuando se dan cuenta. Volver, reconocer lo sucedido y reconstruir el vínculo transmite al hijo algo importante: una relación puede soportar un conflicto sin romperse.

Eso también enseña una habilidad que después servirá fuera de casa. Las amistades, las parejas o las relaciones laborales tampoco funcionan sin desacuerdos. Aprender que después de una discusión se puede hablar, responsabilizarse y reparar forma parte de una educación emocional mucho más realista. Dangerfield no propone evitar los conflictos a toda costa. Propone no convertirlos en heridas permanentes. Discutir puede ser inevitable. Lo verdaderamente peligroso es actuar como si después no hubiera nada que arreglar.