Josep Pedrerol vive condicionado por unos horarios que no se parecen a los de la mayoría. Su trabajo nocturno, la preparación del programa y el trepidante ritmo de la actualidad hacen que termine el día cuando otros empiezan a dormir. Por eso, cuando llega el viernes, cambia completamente de registro y se permite algo tan sencillo como hacer las cosas sin mirar el reloj.
“Me gusta mucho cenar bien, entonces para mí el viernes es la mejor noche”, ha explicado. Ese día no tiene que salir corriendo después hacia el plató ni organizar la cena alrededor del programa. Puede sentarse, comer despacio y acompañar la noche con una copa de vino tinto. Para él, esa tranquilidad representa una forma muy concreta de felicidad.
El viernes rompe completamente su rutina
Su rutina semanal obliga a mantener horarios extraños, aunque asegura que dentro de ese desorden existe una organización. Suele acostarse muy tarde y adapta tanto las comidas como el descanso a la televisión nocturna. El viernes rompe esa dinámica. Siempre que puede, aprovecha también para dormir una siesta y recuperar parte del sueño acumulado durante los días de trabajo. También disfruta del contraste porque durante cuatro noches su atención permanece ligada a la televisión.

No busca un gran plan ni una escapada espectacular. Su desconexión pasa por algo más cotidiano como dormir un rato, sentarse a cenar sin presión y saber que después no tiene ninguna obligación. ausencia de prisa cambia por completo la experiencia. La cena deja de ser un trámite entre tareas y se convierte en el momento central de la noche.
Una buena cena como forma de desconectar
Pedrerol ha reconocido en otras ocasiones que disfruta especialmente de una buena mesa y del vino tinto. Esa afición encaja con una idea del tiempo libre muy alejada del ruido que rodea su trabajo. Después de pasar horas pendiente de exclusivas, tertulias, audiencias y noticias, valora precisamente aquello que no exige competir, reaccionar ni decidir con rapidez. El descanso vale más porque llega después de días marcados por horarios extraños e intensidad.
El viernes se convierte así en su pequeño ritual semanal. No necesita viajar ni organizar grandes planes para sentir que ha desconectado. Una siesta, una cena tranquila y una copa de vino son suficientes para marcar la frontera entre el trabajo y el descanso. Pedrerol define esa escena como su felicidad esencial porque le permite recuperar algo que durante la semana escasea: tiempo propio, sin prisas y sin un programa esperando después.