Jordi Cruz: “Era un pésimo estudiante y un delincuente en potencia; cocinar era lo único que me gustaba”

Jordi Cruz no recuerda su etapa de estudiante como especialmente brillante. Mucho antes de convertirse en uno de los cocineros más conocidos de España, el chef ha contado que en el colegio era un alumno complicado, con poco interés por los estudios y una energía que no siempre sabía canalizar. Él mismo lo ha resumido de forma contundente: "Era un pésimo estudiante y un delincuente en potencia; cocinar era lo único que me gustaba".

La cocina apareció así como el primer ámbito en el que Cruz encontró algo capaz de mantenerlo concentrado. Mientras las clases no despertaban demasiado interés en él, cocinar sí conseguía hacerlo. No era todavía una carrera prestigiosa ni un camino hacia las estrellas Michelin, sino simplemente una actividad en la que sentía que podía avanzar y aprender de una manera diferente.

La cocina terminó dando dirección a una etapa complicada

Su historia muestra cómo un mal rendimiento académico no siempre significa falta de capacidad. Jordi Cruz encontró en la hostelería un entorno mucho más práctico, exigente y conectado con aquello que realmente le interesaba. Allí empezó a descubrir que podía aplicar disciplina y esfuerzo a algo cuando entendía para qué servía.

Jordi Cruz   Instagram
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Ese cambio fue rápido. Con apenas 16 años comenzó trabajando en hostelería y muy pronto asumió responsabilidades cada vez mayores. La cocina terminó funcionando como una estructura que ordenaba una personalidad inquieta y le obligaba a respetar horarios, jerarquías, producto y compañeros.

Encontrar algo que le gustaba cambió su trayectoria

Cruz ha hablado en distintas ocasiones de una juventud alejada de la imagen del estudiante modélico. Precisamente por eso su recorrido posterior resulta llamativo. A los 18 años ya asumía responsabilidades importantes en cocina y, con apenas 24, logró una estrella Michelin.

No fue la escuela tradicional la que terminó marcando su futuro, sino descubrir un oficio que despertaba suficiente interés como para esforzarse de verdad. Aquello que empezó como una salida profesional acabó convirtiéndose en una carrera de máxima exigencia. Con el tiempo llegaron restaurantes, reconocimientos y televisión, pero la base estaba en aquellos primeros años en los que cocinar era prácticamente lo único capaz de captar su atención.

Su experiencia no convierte el fracaso escolar en algo positivo, pero sí muestra que las capacidades pueden aparecer en contextos muy distintos. Jordi Cruz pasó de verse como un estudiante sin rumbo a encontrar en una cocina el espacio donde podía concentrarse, competir y construir una profesión. Lo que inicialmente parecía simplemente una afición terminó dándole una dirección completamente distinta a su vida.