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Joan Roca ha convertido la cocina familiar en una de las grandes historias de la gastronomía mundial, pero hay una figura que sigue manteniendo intacta su rutina pese al paso de los años: su madre, Montserrat Fontané. Cuando le preguntaron si alguna vez había pensado en retirarse, el chef fue tajante: “No, no, no quiere. ¡Y lo hemos intentado varias veces!”. Para ella, dejar la cocina no parece formar parte de los planes.

La explicación tiene mucho que ver con la forma en la que ha vivido siempre. Los padres de Joan, Josep y Jordi Roca han residido durante décadas justo encima de Can Roca, el restaurante familiar de Girona. El negocio, por tanto, nunca fue simplemente un lugar de trabajo: era también su casa, su rutina y el punto alrededor del que se organizaba toda la familia.

La cocina sigue siendo su lugar natural

Joan explica que su madre ya no trabaja todas las horas que trabajaba antes, pero continúa apareciendo durante el servicio, prueba las cazuelas y pone en marcha algunos guisos. Lo hace porque quiere y porque sigue disfrutando del contacto diario con la cocina.

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Can Roca también mantiene una importancia enorme para los tres hermanos. Cada día comen allí junto con miembros de su equipo, y Montserrat continúa ocupándose de todos de una manera muy parecida a como lo hizo siempre con sus propios hijos. Joan asegura que los trabajadores terminan convirtiéndose también, en cierto modo, en parte de esa familia.

Sus hijos prefieren no tocar aquello que construyeron sus padres

Los Roca siempre han tratado Can Roca de una manera diferente al resto de sus proyectos gastronómicos. Joan lo ha definido como una institución familiar que han preferido no modificar. Allí su madre ha seguido preparando platos tradicionales, incluido el arroz a la cazuela, prácticamente de la misma manera desde que abrió el restaurante. Esa continuidad explica también por qué resulta tan difícil imaginar una jubilación convencional. Para Montserrat, cocinar no ha sido únicamente una profesión desarrollada durante décadas, sino una forma de estar cerca de sus hijos, de su familia y de las personas que trabajan con ellos. Joan habla de ella como transmisora de valores como la hospitalidad, la generosidad, el esfuerzo y la capacidad de compartir.

Por eso, aunque sus hijos hayan intentado convencerla para bajar definitivamente el ritmo, ella se resiste. Puede trabajar menos horas y delegar cada vez más tareas, pero sigue entrando en la cocina. En una familia que ha construido buena parte de su vida alrededor de los fogones, jubilarse no significa simplemente dejar un empleo: supondría abandonar una rutina que para Montserrat continúa siendo parte esencial de su vida.