Cargando...

Jin, un joven chino, ha cuestionado uno de los tópicos más repetidos sobre la cultura laboral asiática, como que la idea de que trabajar durante jornadas interminables es algo normal, sostenible o incluso admirable. “Nos dicen que un chino trabaja 20 horas y ni nos sorprendemos, físicamente es imposible”, explica, poniendo el foco en cómo ciertos relatos acaban convirtiendo la explotación en una supuesta virtud nacional.

Su reflexión parte de una evidencia sencilla, como que ningún cuerpo puede mantener de forma estable jornadas de veinte horas sin pagar un precio en descanso, concentración y salud. Dormir apenas unas horas, comer deprisa y volver al trabajo puede ocurrir de manera puntual, pero presentarlo como rutina habitual distorsiona la realidad y alimenta expectativas imposibles para trabajadores de cualquier país.

El mito de trabajar sin descanso

China sí ha vivido debates intensos alrededor de modelos laborales como el llamado 996, asociado a trabajar de nueve de la mañana a nueve de la noche durante seis días. Esa cultura de disponibilidad extrema se popularizó especialmente en determinados sectores tecnológicos, pero también recibió fuertes críticas por sus consecuencias sobre la vida personal y el bienestar de los empleados.

Para Jin, el problema aparece cuando desde fuera se interpreta esa presión como una característica natural de los chinos. Si alguien cuenta que una persona trabaja catorce, dieciséis o veinte horas, muchas veces la reacción no es preguntarse cómo puede soportarlo, sino asumir que forma parte de su cultura. Esa normalización elimina al individuo y convierte el agotamiento en estereotipo.

Trabajar más no significa trabajar mejor

Las jornadas extremadamente largas tampoco garantizan mayor productividad. Después de muchas horas seguidas disminuyen la atención, la capacidad para tomar decisiones y la precisión. En trabajos físicos aumenta además el riesgo de accidentes. Por eso, presumir de permanecer más tiempo trabajando puede esconder una organización deficiente, falta de personal o una cultura donde descansar se interpreta equivocadamente como falta de compromiso.

La frase de Jin intenta desmontar precisamente esa imagen. Ser chino no convierte a nadie en una máquina capaz de trabajar sin dormir, comer o desconectar. Detrás de los restaurantes, comercios, fábricas y oficinas existen personas con los mismos límites fisiológicos que cualquier otra. El esfuerzo puede formar parte de una cultura familiar o profesional, pero no debería justificar jornadas incompatibles con una vida normal. Cuando escuchar “trabaja veinte horas” deja de sorprendernos únicamente porque hablamos de un chino, el problema ya no es su capacidad de sacrificio, sino el estereotipo que hemos aceptado sin cuestionarlo.