Javier de Haro ha explicado que mandar a un niño a dormir no empieza cuando se apaga la luz de su habitación, sino bastante antes. Si la sala de estar continúa llena de pantallas, ruido, conversaciones fuertes y estímulos, el cuerpo recibe un mensaje contrario al descanso. Por eso resume la idea con una imagen clara: no se puede pedir sueño mientras el salón parece Times Square.
El psicólogo insiste en que los niños necesitan una transición. Pasar de videojuegos, televisión, luces intensas o carreras por casa directamente a la cama obliga al cerebro a cambiar de ritmo demasiado rápido. Aunque estén cansados, pueden mantenerse activados, pedir más tiempo o tardar mucho en dormirse. El problema no siempre está en la cama, sino en todo lo que ocurre durante la hora anterior.
Poner la sala de estar en “modo noche”
La propuesta consiste en transformar progresivamente el ambiente de casa. Bajar la intensidad de las luces, reducir el volumen de la televisión, evitar contenidos demasiado estimulantes y escoger actividades tranquilas ayuda a anticipar que el día termina. No hace falta convertir la casa en silencio absoluto, pero sí eliminar la sensación de que todavía está ocurriendo algo emocionante que el niño se está perdiendo.
@cope_es 😴"Tú no puedes decir a tu hijo, duérmete ya, mientras que el salón parece Times Square" 👨👩👧👦 El psicólogo Javier de Haro comparte las claves para crear una rutina nocturna que ayude a los niños a descansar mejor
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Este cambio ambiental también evita una contradicción habitual. Si los adultos continúan viendo una película con el volumen alto, mirando pantallas brillantes o hablando animadamente mientras ordenan al niño que se duerma, acostarse puede sentirse como un castigo. Desde su habitación sigue escuchando que la vida continúa fuera. Un espacio más calmado hace que dormir parezca la continuación natural de la noche.
La rutina funciona mejor cuando siempre se parece
El “modo noche” funciona especialmente bien si aparece a una hora parecida cada día. Cena, higiene, luces más cálidas, cuento, conversación tranquila y cama pueden formar una secuencia reconocible. La repetición reduce negociaciones porque el niño sabe qué viene después. No se trata de controlar cada minuto, sino de crear señales constantes que preparen física y mentalmente para descansar.
De Haro no propone que toda la familia se acueste al mismo tiempo, sino que la casa acompañe el proceso. Los adultos pueden continuar despiertos, pero con un ambiente compatible con el descanso de los pequeños. La clave es la coherencia, de modo que si queremos que un niño baje revoluciones, su entorno también debe hacerlo. Una sala de estar menos brillante, menos ruidosa y menos estimulante puede ayudar mucho más que repetir “duérmete ya” desde el pasillo y convertir la rutina nocturna en algo previsible.