Tener dos hijos no significa criar dos versiones de una misma persona. Jair Domínguez lo ha comprobado en casa, donde observa dos maneras muy distintas de afrontar prácticamente las mismas situaciones. Uno de sus hijos tiene un carácter mucho más expansivo y entusiasta, mientras que el otro comparte con él una forma de ser más contenida y analítica.
El comunicador catalán habló de esas diferencias en una entrevista con VilaWeb, pero lo interesante va más allá de la anécdota familiar. Sus palabras reflejan algo que muchos padres descubren con el tiempo: incluso creciendo bajo el mismo techo, con normas parecidas y compartiendo buena parte de sus experiencias, cada hijo desarrolla una personalidad propia.
Dos hermanos pueden vivir la misma infancia de manera diferente
Las celebraciones familiares son un buen ejemplo. Hay niños que disfrutan especialmente de Navidad, Halloween o cualquier fecha que rompa la rutina, mientras otros viven esos momentos con mucha más distancia. Eso no significa que unos disfruten y otros no, sino que expresan la ilusión de maneras diferentes.

Domínguez parece haber aprendido precisamente a observar esas diferencias sin convertirlas en un problema. En uno reconoce una alegría espontánea que le resulta especialmente atractiva; en el otro identifica rasgos más cercanos a su propia personalidad.
Criar también significa dejar espacio al carácter
Una de las tentaciones habituales de los padres es pensar que determinados comportamientos son consecuencia directa de cómo han educado a sus hijos. Pero la convivencia enseña pronto que el temperamento también juega un papel importante. Dos hermanos pueden recibir los mismos estímulos y reaccionar de forma completamente distinta. Uno buscará conversación y actividad; otro necesitará más espacio. Uno mostrará inmediatamente lo que siente; el otro lo procesará de manera más reservada. Aceptar esas diferencias puede evitar comparaciones innecesarias. No todos los niños necesitan convertirse en el más sociable, el más entusiasta o el más expresivo de la familia.
La experiencia de Jair Domínguez apunta precisamente en esa dirección. En lugar de esperar que sus hijos se parezcan entre ellos, parece disfrutar descubriendo quién es cada uno. Y quizá ahí esté una de las partes más interesantes de criar: comprobar que, por mucho que compartan apellido, casa y educación, cada hijo acaba encontrando una manera completamente propia de mirar el mundo.