Gavi tenía apenas 11 años cuando dejó Los Palacios y Villafranca para instalarse en Barcelona y empezar una vida completamente distinta. El salto al Barça representaba un sueño, pero también implicaba abandonar su pueblo, sus amigos y una rutina conocida. A esa edad, la ilusión convivía con un miedo lógico ante todo lo que estaba por venir.
“Estaba un poco aprensivo porque no sabía lo que me esperaba aquí”, recordó años después. Sus padres fueron fundamentales para rebajar aquella incertidumbre. Lo acompañaron en el traslado y se instalaron con él en un piso de la Rambla, intentando que el cambio no fuera únicamente deportivo. Gavi necesitaba sentir que seguía teniendo una familia cerca mientras aprendía a vivir en una ciudad nueva.
Sus padres hicieron que Barcelona empezara a sentirse como casa
La adaptación no consistía solo en entrenar mejor o competir contra futbolistas de mayor nivel. También tenía que acostumbrarse a nuevas calles, compañeros, horarios y exigencias escolares. La presencia de sus padres convirtió aquel piso en un refugio desde el que podía salir cada día hacia La Masia sin sentir que había perdido por completo la estabilidad de su infancia.

Con el tiempo, Barcelona dejó de ser un lugar desconocido y empezó a convertirse en su casa. Gavi creció dentro del club, avanzó por las categorías inferiores y terminó alcanzando el primer equipo. Aquella decisión familiar, que al principio le producía inquietud, terminó acercándolo a un sueño que había perseguido desde pequeño: vestir la camiseta del Barça al máximo nivel.
De aquel piso de la Rambla al primer equipo
El centrocampista también ha explicado que llegar al club le permitió acercarse a algunos de sus referentes. Andrés Iniesta e Isco estaban entre los futbolistas que admiraba cuando era niño, aunque se quedó con la espina de no poder compartir vestuario con Leo Messi. Cuando debutó, el argentino ya había abandonado el Barça y aquella coincidencia que imaginó durante años nunca llegó a producirse.
Mirando atrás, Gavi recuerda el traslado con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad. No llegó a Barcelona como una estrella segura de sí misma, sino como un niño de 11 años que no sabía qué iba a encontrarse y necesitaba que sus padres lo tranquilizaran. El piso de la Rambla simboliza esa primera etapa: una familia que se desplazó para acompañar su sueño y evitar que tuviera que afrontarlo solo. Después llegaron La Masia, el debut y los grandes partidos, pero antes hubo miedo, adaptación y una decisión familiar que cambió para siempre su vida.