Para los barceloneses, Collserola es un elememnto fundamental de la vida, un telón de fondo verde que parece inmutable. Sin embargo, los expertos en ecología forestal y modelos climáticos coinciden en un diagnóstico inquietante, porque el parque natural que vemos hoy tiene fecha de caducidad.
En apenas cinco décadas, la combinación de la subida de temperaturas, la escasez de agua y la gestión del sotobosque transformará radicalmente este ecosistema, borrando del mapa las estampas de pinos y encinas que han definido la sierra durante generaciones.
De bosque mediterráneo a paisaje de matorral seco
La transformación de Collserola no será un evento repentino, sino una degradación silenciosa que ya ha comenzado. El pino blanco y la encina, las especies dominantes, están alcanzando su límite de resistencia hídrica. Los expertos advierten que, con veranos cada vez más largos y secos, la regeneración natural de estas especies es casi inexistente. En 50 años, es muy probable que las zonas de bosque denso den paso a una estructura de matorral alto, mucho más resistente a la aridez pero con una biodiversidad y una capacidad de absorción de CO2 muy inferiores.

Este cambio de fisonomía tiene una consecuencia directa y peligrosa: el aumento del riesgo de grandes incendios forestales. Un bosque más seco y con menos continuidad arbórea es un polvorín para el fuego. La Collserola del futuro podría parecerse más a los paisajes semiérticos del sur de la península que al entorno húmedo y sombrío que todavía encontramos en vertientes como la de Vallvidrera o el Tibidabo. La pérdida de humedad no solo afectará a la flora; la fauna local, desde jabalíes hasta aves migratorias, tendrá que desplazarse o adaptarse a un entorno mucho más hostil.
La última oportunidad de gestión para un parque al límite
Los técnicos del consorcio del parque señalan que, aunque el cambio climático es una realidad global, la gestión local puede ralentizar el colapso. La clave reside en una intervención humana estratégica para limpiar el sotobosque, diversificar las especies con variedades más resistentes al calor y, sobre todo, crear corredores biológicos efectivos. Sin una inversión ambiciosa en los próximos diez años, Collserola corre el riesgo de convertirse en un parque periurbano degradado, perdiendo su función de regulador térmico para una Barcelona que, irónicamente, lo necesitará más que nunca.
El futuro de Collserola es el espejo de lo que ocurrirá en gran parte del litoral mediterráneo. Lo que hoy vemos como una montaña llena de vida, en 2075 podría ser un recuerdo fotográfico de un clima que ya no existe. Así pues, la pregunta no es si el bosque cambiará, sino si estamos preparados para gestionar el paisaje que quedará después.