Eduard Estivill ha puesto el foco en un grupo de personas que suele recibir críticas injustas como lo son quienes necesitan dormir nueve o diez horas para sentirse descansadas. En una sociedad que relaciona madrugar con disciplina y dormir mucho con pereza, reconocer esa necesidad puede generar vergüenza. Sin embargo, el especialista explica que existen dormidores largos cuya constitución les exige más tiempo de sueño sin que eso signifique enfermedad, falta de voluntad o escaso rendimiento.
La mayoría de los adultos funciona correctamente con unas siete u ocho horas, pero esa cifra es una referencia, no una obligación idéntica para todos. Según Estivill, un pequeño porcentaje necesita menos y otro grupo requiere hasta diez horas de forma habitual. La clave está en cómo se encuentra la persona durante el día: despierta, concentrada y sin somnolencia, irritabilidad o necesidad constante de recuperar sueño.
Dormir más no significa ser menos productivo
El problema aparece cuando el descanso se juzga desde criterios sociales y no biológicos. Quien se acuesta pronto, rechaza planes nocturnos o se levanta más tarde puede ser etiquetado como gandul. Esa presión lleva a muchas personas a recortar horas para adaptarse a horarios laborales, familiares o sociales que no respetan su ritmo natural de cada uno. Después aparecen cansancio, errores, cambios de humor y menor capacidad para tomar decisiones.
Dormir diez horas tampoco equivale a quedarse voluntariamente en la cama. Un dormidor largo mantiene normalmente una pauta estable: necesita ese tiempo casi todos los días y se encuentra bien después. No se trata de dormir cinco horas entre semana y alargar hasta el mediodía el sábado. Ese patrón suele indicar deuda de sueño acumulada, no una necesidad genética especialmente elevada.
Cuándo conviene consultar a un especialista
La duración por sí sola no permite decidir si existe un problema. Conviene pedir valoración cuando alguien empieza de repente a necesitar muchas más horas, duerme diez y continúa agotado, se queda dormido involuntariamente o presenta ronquidos intensos, pausas respiratorias, dolores de cabeza matinales o dificultades para funcionar. En esos casos puede haber apnea, depresión, alteraciones hormonales, efectos de medicamentos u otros trastornos.
El mensaje de Estivill combate una idea extendida: dormir menos no convierte a nadie en más fuerte, ambicioso o eficiente. El descanso depende de la edad, la genética, la salud y la calidad del sueño. Algunas personas estarán bien con siete horas y otras necesitarán diez. Respetar esa diferencia es mejor que imponer una cifra universal. Dormir lo necesario no es perder tiempo: permite al cerebro y al organismo repararse.
