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David Villa conquistó todos los grandes títulos. Sin embargo, su éxito no empezó en un estadio. En un relato publicado en 2018 en The Players’ Tribune, el asturiano recordó Tuilla, su pueblo minero. Allí, su padre descendía cada noche 800 metros bajo tierra para sostener a la familia. Villa entendió que la comida escondía esfuerzo, peligro y responsabilidad.

La mina marcaba el ritmo del pueblo y el de su casa. El padre trabajaba rodeado de riesgos para ofrecer a sus hijos una vida mejor. Un incendio mostró hasta dónde llegaba el peligro. La familia despertó con noticias, aunque él consiguió salir. Otros trabajadores no tuvieron la misma suerte. Ese episodio enseñó a Villa que nada estaba garantizado y que cualquier oportunidad merecía aprovecharse.

David Villa

David Villa, un jugador formado en la calle

El fútbol apareció como una salida y como una obsesión. Villa jugaba en calles, plazas, aparcamientos y terrenos irregulares. Dentro de casa fabricaba balones con papel y cinta adhesiva. El niño encontraba una portería en cualquier rincón. Su padre alimentaba aquella ilusión desde el principio. El balón se convirtió en el lenguaje que ambos compartían, incluso cuando el futuro parecía un sueño lejano.

Un accidente estuvo a punto de cambiar la historia. Villa tenía cuatro años cuando sufrió una fractura de fémur. Los médicos temían que una pierna quedara más corta. Su padre no bajó los brazos. El hombre removió cielo y tierra hasta encontrar un tratamiento. La recuperación exigió mantener las piernas suspendidas durante largos periodos. El niño soportó el proceso porque quería volver a jugar.

David Villa

La paciencia y el esfuerzo tuvieron recompensa

Cuando Villa recuperó la movilidad, su padre diseñó ejercicios sencillos. El pequeño se apoyaba en una pared y recibía la pelota sobre el pie izquierdo. La repetición fortaleció su pierna menos hábil. Años después, esa capacidad para rematar con ambos pies desconcertaría a numerosos defensas. Una dificultad infantil terminó convirtiéndose en una ventaja deportiva, gracias a la paciencia compartida entre padre e hijo.

El padre también acompañó entrenamientos, viajes, barro y jornadas de frío. Villa aprendió que el talento abría una puerta, pero el trabajo permitía cruzarla. Esa enseñanza apareció cuando dejó los estudios para probar suerte en el Sporting de Gijón. El joven se concedió unos años para ganarse la vida. Solo necesitó seis meses para firmar su primer contrato profesional. A partir de ahí, todo cambió. Zaragoza, Valencia, Barcelona, Atlético y la selección española llegaron después.