Cesc Fàbregas tenía una condición para seguir jugando al fútbol: cumplir también en el colegio. Sus padres apoyaban su pasión, pero las notas formaban parte del compromiso. El exfutbolista recordó aquella norma en una entrevista con CBS Sports, al repasar unos años en los que debía compaginar los entrenamientos del Barça con las obligaciones de cualquier alumno.
“Si no sacaba buenas notas no podía jugar al fútbol”, explicó. La exigencia llegaba en una rutina marcada por los desplazamientos desde su pueblo hasta Barcelona. Antes de instalarse en La Masía, vivía con su familia y viajaba para entrenarse. Al regresar todavía quedaban los deberes y los exámenes, una combinación que recuerda como una etapa especialmente dura por el esfuerzo que requería sostener ambas responsabilidades.
Los deberes continuaban después del entrenamiento
Cesc Fàbregas describió aquellos horarios formados por entrenamientos que terminaban por la noche, el trayecto de vuelta y tareas escolares que podían prolongarse hasta la madrugada. También aseguró que había conseguido superar sus exámenes con buenas notas. Su recuerdo muestra cuánto trabajo había detrás de una infancia que, desde fuera, podía parecer centrada únicamente en jugar dentro de una cantera importante.

En este sentido, la norma familiar ponía un límite a la absorción del fútbol. Los entrenamientos podían ocupar una parte enorme del día, pero no anulaban lo que ocurría en el aula. Para Cesc, continuar con aquello que más deseaba estaba ligado a responder en otro ámbito. El talento deportivo convivía así con una exigencia cotidiana que seguía presente cuando se quitaba las botas y llegaba a casa.
La libertad de la residencia también le pasó factura
De esta manera, su entrada en La Masía supuso un cambio que no recuerda solo en términos positivos. Cesc admitió que empezó a relajarse después de años de disciplina. Bajó su rendimiento académico y tuvo comportamientos de los que no se siente orgulloso. La convivencia con amigos y la sensación de haber avanzado mucho alteraron un equilibrio que hasta entonces había estado muy supervisado.
Así pues, su relato incorpora algo más que la regla de unos padres exigentes. También reconoce que mantenerla resultó difícil cuando cambió de entorno y ganó autonomía. Fàbregas puede mirar aquella etapa desde la experiencia, pero recuerda las dificultades de un adolescente que intentaba responder en el colegio mientras perseguía su oportunidad en el fútbol profesional.