Ariadna Oltra ha hablado con mucha sinceridad de cómo la maternidad desmontó muchas de las ideas que tenía sobre sí misma. La periodista explicó en Al cotxe, de 3Cat, que la llegada de su primer hijo fue mucho más dura de lo que había imaginado y que aquella experiencia le obligó a revisar su manera de entender el control, la organización y la exigencia personal. “Cuando nació mi primer hijo lo pasé muy mal. La maternidad es una cura de humildad”, reconoció.
Oltra ha explicado también que antes de ser madre se sentía capaz de llegar a todo. Trabajaba mucho, organizaba su vida con precisión y tenía la sensación de que, con suficiente esfuerzo, cualquier problema podía resolverse. El nacimiento de sus hijos rompió esa lógica. De repente aparecieron el cansancio extremo, los cambios físicos, la falta de sueño y una logística diaria imposible de controlar del todo.
La maternidad le desmontó la idea de poder con todo
En una entrevista posterior, la periodista explicó que la maternidad la “situó en su sitio” y la obligó a aceptar que no siempre podía rendir al máximo en todas las facetas a la vez. Después del nacimiento del primer hijo ya sintió ese impacto, pero con el segundo terminó de constatar hasta qué punto el ideal de la “supermujer” era insostenible.

Oltra reconoció incluso que antes de tener hijos no había entendido del todo a algunas amigas que ya habían sido madres. Solo cuando vivió aquella experiencia pudo comprender el agotamiento físico, mental y emocional que puede acompañar a la crianza, especialmente cuando se intenta mantener al mismo tiempo el mismo nivel de exigencia profesional y personal.
Dos hijos en poco tiempo cambiaron por completo sus prioridades
Sus dos hijos nacieron con poca diferencia de edad, uno en 2016 y otro en 2017. En entrevistas posteriores ha descrito aquella etapa como una auténtica “bofetada de realidad”, marcada por pocas horas de sueño, cambios corporales y una carga logística que no había previsto.
Con el tiempo, Oltra ha reinterpretado aquella dificultad como un aprendizaje. Ser madre le hizo rebajar expectativas, asumir límites y aceptar que la vida familiar no funciona siempre siguiendo el ritmo que uno quiere imponerle. Por eso habla de una cura de humildad. No porque la maternidad tenga que vivirse necesariamente como sufrimiento, sino porque, en su caso, la obligó a abandonar la idea de que podía controlarlo todo y le mostró una versión de sí misma mucho más vulnerable, cansada y real.