Muchos padres viven el aburrimiento de sus hijos como un problema que deben resolver cuanto antes. Si el niño dice que no sabe qué hacer, aparece rápidamente una pantalla, una actividad organizada o una propuesta para mantenerlo ocupado. El psicólogo Alberto Soler plantea justo lo contrario: “El aburrimiento es la puerta de entrada a la creatividad”. Para él, esos momentos vacíos tienen una función importante en el desarrollo infantil.
El problema aparece cuando los adultos intentan eliminar cualquier espacio sin estímulos. Los niños se acostumbran entonces a recibir entretenimiento de manera constante y tienen menos oportunidades de descubrir por sí mismos qué les interesa. Soler defiende que no siempre hace falta ofrecer una solución inmediata a ese aburrimiento. A veces, dejar que el menor atraviese unos minutos de aburrimiento es precisamente lo que permite que empiece a imaginar, explorar o inventar.
No hay que llenar cada minuto del día
Una agenda cargada de colegio, extraescolares, deberes y pantallas puede dejar muy poco margen para el juego espontáneo. Ese tiempo sin una actividad marcada obliga al niño a tomar decisiones: buscar materiales, crear una historia, empezar un dibujo, construir algo o simplemente observar lo que tiene alrededor. No todas esas actividades serán productivas, pero esa es precisamente parte de su valor.

El aburrimiento también ayuda a desarrollar autonomía. Cuando un adulto interviene cada vez que aparece, el niño aprende que necesita a otra persona para resolver esa incomodidad. Si dispone de tiempo y espacio para gestionarla, va descubriendo recursos propios. Eso no significa dejarlo completamente solo, sino evitar convertir a los padres en animadores permanentes responsables de llenar cada momento libre.
Las pantallas ofrecen una salida demasiado rápida
El móvil, la tableta o la televisión son especialmente eficaces eliminando el aburrimiento porque proporcionan estímulos inmediatos y constantes. Por eso pueden convertirse en la primera respuesta ante cualquier momento de espera. La dificultad es que, si siempre se recurre a ellas, apenas queda tiempo para que aparezca esa fase inicial de incomodidad de la que después pueden surgir ideas nuevas.
Soler no plantea que los niños tengan que aburrirse durante horas ni que toda actividad organizada sea perjudicial. La cuestión está en reservar espacios en los que no exista un plan predeterminado. Un niño que dice “me aburro” no siempre necesita una solución inmediata. Puede necesitar precisamente unos minutos para empezar a buscarla por sí mismo. Y ahí está la idea central del psicólogo: lo que parece tiempo perdido puede convertirse en el punto de partida de la imaginación.