Albert Om ha hablado en más de una ocasión de su infancia y de una manera de vivir las emociones muy distinta a la actual. Una de las ideas que mejor resume aquel ambiente familiar es contundente: “Una de las normas en casa era que las cosas no se hablaban”. No se trataba necesariamente de una prohibición explícita, sino de una forma de relacionarse en la que determinados problemas, preocupaciones o sentimientos simplemente permanecían dentro de cada uno.
Ese silencio formaba parte de una generación en la que muchas familias estaban acostumbradas a seguir adelante sin detenerse demasiado a explicar qué les pasaba. Los conflictos podían existir, igual que las preocupaciones, pero no siempre se convertían en una conversación. Para Om, crecer dentro de ese contexto significó aprender desde pequeño que había asuntos que se quedaban en casa y otros que ni siquiera llegaban a verbalizarse.
Hablar de sentimientos no formaba parte de la rutina
La frase de Om permite entender también cómo ha cambiado la relación entre padres e hijos durante las últimas décadas. Hoy se insiste mucho más en preguntar cómo se siente un niño, poner nombre a las emociones o hablar abiertamente de aquello que preocupa. En muchas casas de generaciones anteriores, esa conversación simplemente no existía con la misma naturalidad.

Eso no significa necesariamente que faltara cariño. Podía haber afecto, protección y una familia muy unida, pero expresados de otras maneras. El problema aparecía cuando había una preocupación importante y nadie encontraba el espacio o las palabras necesarias para compartirla.
Con los años se entiende de otra manera
Al hacerse adulto, ese tipo de recuerdos adquiere otra dimensión. Lo que durante la infancia parecía completamente normal puede observarse después como una característica muy concreta de la educación recibida. Om ha reflexionado sobre sus padres y el paso del tiempo desde esa mirada, intentando comprender también el mundo en el que ellos habían aprendido a relacionarse. La frase no habla únicamente de su familia, sino de una forma de educación reconocible para muchas personas. Durante años, callar podía interpretarse como una manera de proteger, evitar problemas o no preocupar a los demás.
Con el tiempo, sin embargo, también aparecen las preguntas que nunca se hicieron y las conversaciones que quedaron pendientes. Y ahí está probablemente la fuerza del recuerdo de Albert Om: descubrir de adulto que aquello que en casa parecía una norma natural también condicionó la manera de entender, expresar y compartir las emociones.