Cargando...

Tal día como hoy del año 1811, hace 215 años, el ejército del Primer Imperio francés comandado por el general Suchet culminaba el asedio sobre Tarragona —iniciado el 5 de mayo anterior— y asaltaba la ciudad. Por la magnitud de la tragedia, aquel episodio bélico representaría un antes y un después en la milenaria historia de la ciudad: Tarragona perdió 6.000 de los 9.000 habitantes, la inmensa mayoría muertos durante los días 28, 29 y 30 de junio posteriores, en los asesinatos masivos e indiscriminados de población civil perpetrados por el ejército bonapartista.

Uno de los aspectos más desconocidos y a la vez más relevantes que explican aquel trágico episodio es la bochornosa actitud de las autoridades militares y de las jerarquías eclesiásticas españolas durante el asedio. El capitán general Luis González-Torres, marqués de Campoverde, abandonó precipitadamente la ciudad a través de las galerías subterráneas (bodegas del antiguo foro romano) que comunicaban la zona de intramuros con el exterior dejando a su suerte a la población civil. Campoverde se marchó con la promesa de buscar refuerzos, pero nunca más volvieron.

Según el historiador Josep Fontana, el marqués de Campoverde ostentaba un poder que nunca había sido otorgado, pero que sí se sospechaba de dónde venía: “El marqués de Campoverde llegó al poder en un extraño alboroto iniciado en Reus por un capellán, el padre Coris, finalizando en Tarragona, por una manifestación de doscientos cincuenta desconocidos, capitaneados por un sacerdote indiscreto, un abogado, un cerrajero y otros cabecillas exaltados, según dice un testimonio de la época”. Por lo tanto, era el cabecilla de una rebelión contra el régimen bonapartista.

Finalmente, el general Juan Senén de Contreras y Torres, subordinado de Campoverde, desatendería los ruegos de las autoridades municipales que, con el ejército bonapartista en el interior de la ciudad ensartando con las bayonetas a los vecinos en el interior de sus propias casas, le pedían la rendición inmediata. Contreras, que se revelaría como un carnicero imbuido de una mística sanguinaria, no solo enviaría a cientos de civiles mal armados a una muerte segura, sino que también condenaría a miles de vecinos al saqueo y asesinato a manos del ejército bonapartista.