Tal día como hoy del año 1713, hace 313 años, en Utrecht (Provincias Unidas de los Países Bajos), los delegados hispánicos Francisco Téllez-Girón y Benavides —duque de Osuna— e Isidro Casado de Acevedo y Rosales —conde de Monteleón— firmaban, en nombre del rey Felipe V, el Tratado de paz de Utrecht, que debía poner fin a la participación británica en la guerra de Sucesión hispánica (1701-1715). Inglaterra había ingresado en el conflicto (1701) como una de las potencias de la alianza internacional austracista enfrentada al eje borbónico París-Madrid. Posteriormente, habían firmado el Acta de Unión con Escocia (1707) y se presentarían en Utrecht como británicos.
Pero, desde la entronización de la casa Borbón en el trono de las Españas (1700), el grado de dependencia de la cancillería de Madrid respecto a la de Versalles era tan absolutamente manifiesto que, cuando los delegados hispánicos se presentaron en Utrecht a negociar la paz, se encontraron con que la arquitectura del tratado ya había sido pactada por los ministros del rey Luis XIV de Francia (abuelo y valedor del Borbón español Felipe V). Según la mayoría de los investigadores, la intervención de los teóricos negociadores españoles Téllez-Girón y Casado de Acevedo no pasó de poner su rúbrica al final del texto de aquel tratado de paz.
Entre las muchas condiciones que se pactaron en aquel tratado, se decía que Gibraltar, que había sido ganado en 1704 por un combinado naval anglo-neerlandés, con participación de un cuerpo de la infantería de marina catalana (habían sido los primeros en poner el pie sobre el peñón), quedaría definitivamente como un territorio de soberanía británica. El artículo X del Tratado de Utrecht decía que "el Reino de España cedía a perpetuidad la ciudad, el castillo, el puerto y las fortificaciones de Gibraltar al Reino Unido de la Gran Bretaña". A cambio, los británicos se retiraban del conflicto y reconocían a Felipe V como rey de España.
Aquel tratado tuvo una extraordinaria repercusión sobre el Principat y sobre las islas de Mallorca e Eivissa, que eran los últimos bastiones de la resistencia austracista. La retirada británica dejó a los catalanes —peninsulares e insulares— completamente solos en aquella guerra contra el eje borbónico franco-español. Aun así, el ejército borbónico franco-español tardaría dos años en derrotar a los catalanes. Hasta septiembre de 1714, después de un asedio de catorce meses, no podrían vencer a Barcelona —que protagonizaría una resistencia que maravillaría a Europa. Y hasta julio de 1715, no podrían doblegar la resistencia de Palma.
Desde un punto de vista de derecho internacional, el Tratado de Utrecht, que firmaron los reyes y los gobiernos español e inglés, es plenamente vigente. Por lo tanto, su revisión (dar atención a la reivindicación española sobre Gibraltar) implicaría también la revisión del Tratado de Génova, de 1705, que previamente habían firmado el gobierno inglés y el partido austracista catalán (después el partido en el gobierno del país) y que, en nombre de todas las potencias de la alianza austracista (Inglaterra —futura Gran Bretaña—, Piamonte —futura Italia—, Austria, Países Bajos y Portugal), reconocía a Catalunya la naturaleza de sujeto político; es decir, la capacidad de decidir su futuro.