Tal día como hoy del año 1930, hace 96 años, el general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, presidente del gobierno de su régimen dictatorial (1923-1930), presentaba su dimisión y acto seguido abandonaba Madrid para dirigirse a una especie de exilio voluntario en París. Primo de Rivera había alcanzado el poder el 15 de septiembre de 1923, tras un golpe de Estado —perpetrado con la entusiasta colaboración del rey Alfonso XIII, que conservaría su categoría de jefe de Estado— que puso fin a noventa años de régimen democrático (1833-1923), los últimos cincuenta del cual (1874-1923) habían sido los de la etapa llamada Restauración borbónica.
Tras el golpe, clausuró las Cortes españolas, intervino y desmanteló la Mancomunitat (el organismo que debía conducir al autogobierno de Catalunya), persiguió cualquier manifestación de catalanidad (proscribió el uso público del catalán y la exhibición pública de la senyera), ilegalizó partidos, sindicatos y ateneos, cesó a todos los alcaldes y concejales de todos los ayuntamientos del Estado español que representaban a partidos de izquierdas, catalanistas, vasquistas o galleguistas, y creó un nuevo poder —con una importante presencia de oficiales militares y de oligarcas económicos— que gobernaría de forma dictatorial durante siete años (1923-1930).
Siete años después del golpe de Estado, el régimen de Primo de Rivera estaba muy desacreditado. La negativa de Francia a extraditar a Macià, acusado de la preparación de una revolución independentista, conocida como los Fets de Prats de Molló (1927), puso de manifiesto que no tenía apoyos internacionales. Y el fracaso en las medidas que había pretextado para perpetrar el golpe de Estado (desactivar el pistolerismo, neutralizar las protestas obreras y acabar con el “problema catalán”) le habían restado el apoyo de las oligarquías económicas del interior del Estado español (banqueros, industriales y terratenientes).
Ni siquiera durante la fase central de su régimen (1925-1926), que contó con el apoyo del PSOE (el único partido de tradición democrática que colaboraría con la dictadura) y con la presencia de dos dirigentes socialistas en su Consejo de Ministros (Largo Caballero y Besteiro), logró sus objetivos. A inicios de 1930, el rey Alfonso XIII —que siempre había apoyado a Primo de Rivera— se apartó del general (temeroso de que lo arrastrara en su caída) y le exigió su dimisión. Transcurridos dos meses, Primo de Rivera moriría en París, misteriosamente y en la más absoluta soledad (16 de marzo de 1930).
Desde entonces, el núcleo duro del mando militar español —los llamados “africanistas”, que habían ganado sus galones en las guerras coloniales de África— generó un fuerte resentimiento hacia los Borbones, que se pondría de manifiesto cuando, al inicio de la Guerra Civil (1936), Juan de Borbón —hijo de Alfonso XIII— cruzó con documentación falsa la frontera hispanofrancesa de Irún para sumarse al bando rebelde. El general Mola lo expulsaría sin contemplaciones. Antes, sin embargo, trece meses después de la muerte de Primo de Rivera, Alfonso XIII viviría el triunfo electoral de los partidos republicanos (12-14 de abril de 1931), que le obligaría a abandonar el trono y a expatriarse.