Al-Mansur, destructor de Barcelona, es nombrado primer canciller del califato

Tal día como hoy del año 976, hace 1.050 años, en Córdoba (entonces capital del califato de al-Ándalus), el califa Hisham II nombraba a Abu-Yáfar Abd-Al·lah al-Mansur ibn Muhámmad ibn Alí —más conocido como al-Mansur— hayib o primer canciller (equivalente a primer ministro) del califato andalusí. Al-Mansur, un discreto funcionario de origen humilde, había alcanzado ese cargo con la ayuda inestimable de Subh, viuda (esposa preferente) del difunto califa Al-Hakam II y madre del califa Hisham II, quien, tras perder a su esposo, habría buscado la colaboración del discreto al-Mansur para conservar el poder en un mundo exclusivamente de hombres. En las crónicas cristianas de la época se dice que Subh era originariamente una niña vasca, de nombre Aurora, secuestrada por los árabes en una razia e introducida en el harén.

Según la investigación historiográfica, Subh y al-Mansur formarían una dupla política invencible que bloquearía todas las conspiraciones de palacio contra el joven Hisham. Pero, al mismo tiempo, se convertirían en los verdaderos gobernantes del califato. Para consolidar su posición de poder, Subh y al-Mansur promovieron una serie de operaciones militares de pillaje contra los dominios cristianos del norte peninsular, con el objetivo de restaurar el poder económico de los califas, gravemente afectado desde el reinado del difunto Al-Hakam II. El año siguiente a su nombramiento (977), fue puesto al frente de un ejército que atacó y destruyó Pamplona, capital del reino de Navarra. Y entre 981 y 983, dirigió varias campañas militares contra pueblos y ciudades del reino de León y del condado carolingio de Barcelona.

En el año 985, dirigiendo un ejército de 40.000 efectivos, penetró en territorio del condado carolingio de Barcelona y, camino de la capital, arrasó masías, pueblos y monasterios del Penedès y del Vallès. Asedió Barcelona, entonces protegida por la vieja muralla romana, pero el mejor sistema defensivo del occidente europeo. Y para doblegar la voluntad de los resistentes, ordenó lanzar con catapultas centenares de cabezas cortadas de los prisioneros que había hecho hasta las puertas de Barcelona. Aun así, tan solo gracias a la traición de un defensor que le franqueó el acceso a través de una galería secreta, conseguiría entrar en la ciudad. Pero solo podría dominar dos de los cuatro barrios o cuarteles y acabaría retirándose con una masa de 5.000 prisioneros con el objetivo de pedir rescate por ellos o venderlos en los mercados de esclavos.