Aunque Donald Trump tiene encima de su mesa la difícil decisión de seguir negociando con Irán o escalar militarmente el conflicto, como le está pidiendo, al menos, Israel, el fracasado plan de paz negociado en Pakistán entre Estados Unidos e Irán, que no ha puesto fin a la guerra, sigue ahí. El hecho de hablar durante 21 horas seguidas no es una cuestión menor. Como tampoco lo es que las delegaciones las hayan presidido el vicepresidente de EE. UU., JD Vance, y el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf. Se trata, en definitiva, de la cumbre de más alto nivel entre ambos países desde la Revolución islámica de 1979, que encumbró a los ayatolás al poder y acabó con el régimen del sah de Persia.

Las líneas rojas para el acuerdo parecen claras: un compromiso que garantice que Irán abandona definitivamente cualquier programa nuclear y la reapertura del estrecho de Ormuz. Vance destaca, sobre todo, la primera, pero es obvio que la segunda tiene una relevancia capital para reanudar el tráfico marítimo que lleva camino de aproximarse a los 40 días interrumpido y que afecta no solo al petróleo, sino a los fertilizantes de los que se habla mucho menos, ya que no llenan el depósito. Pero, en cambio, representa una crisis crítica para la agricultura y la seguridad alimentaria mundial por ser Ormuz una ruta vital para los nutrientes agrícolas. Para Washington son demasiadas incertidumbres para dar su brazo a torcer.

Habrá que ver este lunes qué pesa más, si el hecho de que el diálogo no esté completamente roto, como han remarcado tanto Vance como Qalibaf, o, por el contrario, dificultades objetivas para superar las líneas rojas

Lo que sí es evidente es que la semana se inicia en un marco de mayor pesimismo que cuando acabó el pasado viernes. Ello se ha visto reflejado este domingo en el serio correctivo de las criptomonedas, el único cambio operativo en festivo. Habrá que ver este lunes qué pesa más, si el hecho de que el diálogo no esté completamente roto, como han remarcado tanto Vance como Qalibaf, o, por el contrario, dificultades objetivas para superar las líneas rojas. Por si acaso, Donald Trump, que no suele estar callado ni cuando se negocia, ha subido el tono y la presión contra los iraníes para que se dobleguen a sus demandas mediante una publicación en las redes sociales. Trump ha ordenado a la Armada un bloqueo naval que impida el paso a todos los barcos que intenten entrar o salir del estrecho de Ormuz y ha tildado la posición iraní de asemejarse a una extorsión mundial.

El bloqueo naval ordenado por Trump obedece a que el estrecho no está, en realidad, completamente cerrado. Las autoridades iraníes han permitido, con el paso de los días, el paso de algunos petroleros a cambio de un peaje de hasta 2 millones de dólares por barco. No solo eso, Irán ha permitido que su propio petróleo siga entrando y saliendo de la región durante la guerra, con lo que ha podido exportar una cantidad de barriles superior al millón diariamente. Washington se ha resistido durante semanas a mantener una posición más contundente con el tráfico de Ormuz para evitar una escalada aún mayor del precio del petróleo.

Resumiendo, ha habido avances diplomáticos, pero la inestabilidad es tan alta y los interrogantes tan numerosos que, en cualquier momento, el alto el fuego provisional puede desvanecerse.