El incidente del Falcon el pasado miércoles cuando el presidente del gobierno, Pedro Sánchez, iniciaba sus vacaciones de Semana Santa, en dirección al coto de Doñana junto a su familia, nos ha permitido conocer algo que, por discreción, siempre se suele ocultar: el uso de aviones de uso público para cuestiones estrictamente privadas. ¿Hasta qué punto es ético moralmente hacer uso para ocio de alguno de los cinco Falcon que el ejército tiene a disposición del gobierno español y de la familia real para asuntos oficiales? ¿Es ilimitado el uso que se puede hacer? ¿Es igual emplearlo para una cumbre de la Unión Europea a celebrar en Bruselas que para un concierto de música en Castelló o, como era el caso, viajar a Doñana de descanso?

Pedro Sánchez se queja de que otros presidentes de gobierno lo habían usado y es cierto, aunque ninguno con la periodicidad suya. En el año 2022 lo usó 190 veces, cifras superiores a las de Felipe González en 14 años o a las de Rajoy en siete años. Pero no sería el único caso en el que antes las cosas se hacían de una determinada manera y ahora se hacen de otra. Las circunstancias de un país y también la percepción de la ciudadanía ante determinados excesos han ido evolucionando y lo cierto es que hoy hay una mayor exigencia a los poderes públicos que antaño, al tiempo que su prestigio se ha ido deteriorando. A los políticos no se les consiente todo, y menos lo que puede ser entendido como un despilfarro, y su valoración, por lo general, no ha hecho sino descender.

Nadie reprochaba al president de la Generalitat Jordi Pujol en el siglo anterior que utilizara aviones privados para determinados desplazamientos por Europa cuando iba en viaje oficial al extranjero o por España, y ahora con el paso del tiempo sus sucesores no solo emplean transporte público, sino que viajan en turista. Una categoría de viaje low-cost instaurada por el president Artur Mas en la época de las retallades y que se ha quedado para siempre entre los manuales de viaje del gobierno catalán. Si en los 80 era un extremo, ahora es el otro y tampoco parece que sea necesario esa imagen institucional de la primera autoridad catalana.

Pero volvamos a Pedro Sánchez. Como en todo, lo mejor es encontrar el punto exacto y que la gente lo entienda. Irse todos de vacaciones en un Falcon o ir al concierto con tu familia desde la Moncloa no debería formar parte de la manera de utilizar los bienes públicos. Tener que regresar a Madrid urgentemente durante las vacaciones para atender tareas del cargo sí que sería comprensible. Obviamente, tantas veces cuando sea necesario para labores del cargo de presidente de gobierno —no de partido—. Y amortizar el tiempo fuera, ya que reduce coste del enorme séquito que desplaza. Al final, el tema siempre es el mismo: ¿usa o abusa? Solo son dos letras de diferencia, pero ante la ausencia de una regulación que lo establezca, es la distancia entre la normalidad y la desproporción.