Herman Hesse, el escritor, poeta y novelista suizo, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1946, decía que para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible. Y tenía razón, porque no hay ámbito de la vida en el que, en muchas ocasiones, ello acabe siendo posible. Seguramente, la política es la que en más ocasiones acaba siendo verdad. En el fondo, todo es cuestión de aprovechar bien el momento y, cuando llega, apretar el acelerador e ir a por todas, aguantando el pulso hasta el final, siempre, claro está, que las condiciones se den. El PNV, cum laude a la hora de moverse en esta asignatura tan difícil, acaba de protagonizar con el Gobierno de Pedro Sánchez uno de estos movimientos que siempre hace que a los demás se les acabe poniendo un poco cara de tontos: un acuerdo clave que permitirá al País Vasco gestionar las competencias de las prestaciones y los subsidios por desempleo y asumirá la gestión de las 30 oficinas del SEPE en aquel territorio, junto con los 534 trabajadores que actualmente desempeñan funciones en estas dependencias.
En un territorio de 2,2 millones de habitantes, supondrá gestionar un volumen anual de más de 820 millones de euros y que más de 51.000 personas sean beneficiarias de estas prestaciones. No es esto lo más importante, sino que la gestión por parte del gobierno vasco de las prestaciones de desempleo y, en el futuro, del conjunto de la Seguridad Social, incluidas las pensiones, supone encarrilar una reivindicación de muchas décadas y llevar a la práctica lo que dice el Estatuto de Gernika, aprobado en 1979. Recuerdo a Xabier Arzalluz y al lehendakari José Antonio Ardanza, ambos fallecidos, reclamar esta competencia y que Madrid pusiera el grito en el cielo argumentando que rompía caja de seguridad social y que nunca podría llegar a materializarse. En las últimas dos décadas, esta reclamación, quizás la única gran carpeta que le quedaba por abordar al gobierno vasco, ha quedado aparcada una y otra vez. En esta ocasión, parecía que iba a pasar lo mismo, aunque figuraba en el pacto de investidura suscrito entre PNV y Pedro Sánchez.
Los nacionalistas vascos, expertos en jugar la partida de la presión, han llevado el juego al límite, amenazando que o había acuerdo este jueves o ellos también se alejaban del Gobierno y que se olvidaran de contar con ellos. De hecho, lo que tenían que hacer los negociadores era plasmar en un documento el acuerdo al que habían llegado el lehendakari Pradales y el presidente español en su reunión del pasado 15 de julio. Pero eso no pasaba y la comisión mixta de transferencias estaba convocada para este viernes. Sánchez ha cedido en todo, y no lo destaco como una queja, ni mucho menos, ya que me alegro de que Euskadi tenga el mayor autogobierno posible. Y dentro de poco le quedará morralla para reclamar con el cumplimiento del actual Estatuto, que le da dinero (concierto y cupo) y competencias para planificar el futuro de sus conciudadanos sin estrecheces económicas. No es extraño que hayan abierto ya el melón de un nuevo Estatuto que abogue por un modelo de Estado en el que conciba una relación de igual a igual entre el Gobierno de España y el gobierno Vasco.
Huyamos del ruido ambiental de Madrid, que tanto daños nos hace, y que siempre presenta a los catalanes como avariciosos y depredadores
Aunque la política catalana siempre ha padecido de una cierta vasquitis, a veces, es de justicia reconocer cuando el débil acaba doblando a su poderoso adversario. Si el PNV no hubiera seguido reclamando la gestión de los subsidios y las prestaciones de desempleo, que son importantes en términos presupuestarios, no podrían tampoco empezar a explorar las implicaciones de cambios en esta materia y una orientación política diferente en su aplicación. Y vuelvo al principio: en la actual coyuntura política española, es interesante la firmeza en la negociación. Los catalanes tenemos encima de la mesa la financiación autonómica, una carpeta nada sencilla. Huyamos del ruido ambiental de Madrid, que tanto daños nos hace, y que siempre presenta a los catalanes como avariciosos y depredadores. Concentrémonos en lo fundamental, sin apriorismos, pero con exigencia. Intentando que lo imposible solo sea un pasaje de esta difícil, pero trascendente, negociación hacia una autonomía en la que el poder, en esta cuestión, sea total.