Del largo y tedioso debate en el Congreso de los Diputados sobre la invasión de Ceuta el pasado 30 de julio y la avalancha de 80.000 marroquíes en muy pocas horas se recordarán muy pocas cosas por la gravedad de los hechos. Sobre todo, porque a estas alturas quien más quien menos ya tiene fijada una opinión clara y, además, ha tenido todo el mes de agosto para asentarla. Pedro Sánchez compareció con varias estocadas encima, a cual más dolorosa: su falta de credibilidad, la carencia de apoyos políticos, la inexplicable protección de Marruecos, la división en su gobierno, la alarma en el PSOE, su distancia con Felipe VI, el enfado de las autoridades de Ceuta, el informe de la Policía Nacional entregado a la juez de la Audiencia Nacional desmintiéndole en sus afirmaciones y la sensación, en definitiva, de que le falta fuelle. El gran prestidigitador de la política española, incapaz de convencer a los suyos, atrapado en un relato que va un paso por delante de sus explicaciones. Tanto que su gurú de cabecera en los primeros años en la Moncloa, Iván Redondo, dice que no le reconoce.
Como que de lo dicho por unos y por otros tienen información de sobra en la decena de textos que hemos venido publicando durante el debate, voy a centrarme en tres cosas que considero muy relevantes. La primera, el papel de la ministra de Defensa, Margarita Robles. Aunque siempre ha sido un verso libre, su permanencia desde el primer día en el Consejo de Ministros, en un ministerio de los considerados de Estado, ha sido la protagonista voluntaria de tantos comentarios como interpretaciones tiene su distanciamiento de Pedro Sánchez. No es normal que un ministro no aplauda con entusiasmo la intervención del presidente y Robles en dos ocasiones hizo evidente que había dicho basta. La primera ocasión fue cuando el presidente anunció que se iban a desclasificar informes de inteligencia, también de Defensa. Los diputados socialistas y los ministros aplauden y ella permanece entre hastiada y displicente. La segunda, al final del discurso del presidente, aplaude mínimamente por cortesía, pero sentada en su escaño mientras el Gobierno en pleno está de pie. Como que la política son también gestos, el siguiente paso sería su cese o su dimisión. Pero en el gobierno, cada vez más los ministros tienen su propia agenda.
El segundo comentario viene a cuento con el anuncio que hizo en el pleno Pedro Sánchez de que había sido convocada el pasado 21 de agosto la embajadora de Marruecos en España, Karima Benyaich, que ocupa el cargo desde 2018. No hubo más comentarios al respecto del presidente del Gobierno. Horas después, un medio publicó que la embajadora se encontraba fuera de España, seguramente de vacaciones, aunque en estas crisis también se acostumbra a regresar, y que en su lugar había acudido el encargado de negocios. ¿Tanto costaba decirlo al principio? ¿Se puede gestionar peor una información tan importante y delicada? Si la convocatoria de la embajadora, ocultada por el Gobierno hasta este jueves en el pleno del Congreso, ya tenía poca credibilidad y consistencia, y que se señalara que se había actuado así por prudencia, la explicación incompleta solo ayuda a cimentar la idea de un extraño interés por proteger a Marruecos.
Parece evidente que el interés de la Fiscalía no es otro que evitar que el tema escale hasta el Tribunal Supremo, quien sabe si con uno o varios miembros del Consejo de Ministros investigados
La tercera y última, que el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Jesús Alonso, haya decidido apartar al fiscal José Perals de la investigación abierta por la crisis migratoria de Ceuta. La causa instruida por la jueza María Tardón pasa ahora a manos de Alonso, que dice haber adoptado esta decisión atendiendo a la relevancia y particularidad del caso. Más allá de las palabras, la cuestión es más sencilla: será Alonso quien elaborará y firmará el dictamen sobre si procede admitir la denuncia y sobre la competencia de la Audiencia Nacional para instruir el caso. La decisión la ha adoptado después de hacerse público el informe policial que señala a Marruecos por estar detrás de la invasión de finales de julio. Parece evidente que el interés de la Fiscalía no es otro que evitar que el tema escale hasta el Tribunal Supremo, quien sabe si con uno o varios miembros del Consejo de Ministros investigados. Pero me temo que la jueza Tardón no se va a impresionar por este cambio y, diga lo que diga la Fiscalía, este espinoso asunto irá hacia arriba.
La explosiva situación de Ceuta relegará una noticia importante de la jornada que merece, al menos, un apunte en mi editorial: el viaje a Kyiv del president de la Generalitat, Salvador Illa, y el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, donde se han reunido con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en su Oficina Presidencial. Salvador Illa ha explicado que había mostrado a Zelenski el apoyo y la voluntad de Catalunya de mantener la cooperación con Ucrania y que se habían firmado diversos acuerdos con las regiones ucranianas de Zaporiyia, Dnipropetrovsk y Lviv, un marco para mantener la cooperación desde Catalunya. Por su parte, Collboni también intervino por la mañana en el consejo plenario municipal de Kyiv, algo nada habitual, con un discurso emotivo, interrumpido una docena de veces con aplausos de los anfitriones. En un mundo tan global como el actual, la presencia de Catalunya en cualquier lugar del planeta dando apoyo a la paz y, en este caso, también a la resiliencia de los ucranianos y a su esfuerzo, es importante. Así como demostrar la solidaridad y el reconocimiento de Catalunya.
