Aunque mucha gente fuera de Aragón lo desconozca, el próximo domingo 8 de febrero se celebrarán las elecciones autonómicas después de que su presidente, Jorge Azcón, las convocara a mediados del pasado mes de diciembre después de que no consiguiera sacar adelante los presupuestos. Será la primera vez que los aragoneses acudan a las urnas en una consulta electoral específica para su comunidad y forma parte de una estrategia del PP para tensionar su electorado con elecciones sucesivas en Extremadura, Aragón, Castilla-León y Andalucía entre otoño del pasado año y el final del actual semestre y presentar un ciclo electoral ganador a espera de que caiga el gobierno de Pedro Sánchez.

En los cuatro comicios, el Partido Popular parte en una sólida posición de ventaja para ganar, lo que debilita, indiscutiblemente, el papel de los socialistas como partido de oposición. Pero, al mismo tiempo, también se hace evidente que Vox atrae constantemente un electorado cada vez más amplio, lo que se acaba sustanciando en que los populares se acaban quedando más o menos como estaban antes del paso por las urnas y los votos y escaños que pierden los socialistas acaban yendo a parar a la formación de Santiago Abascal. Ello tiene, además, un factor añadido: una menor participación, ya que el desinterés aumenta en estas regiones alejadas de comicios simultáneos la misma jornada, como las municipales. Se vio en Extremadura el pasado diciembre —casi diez puntos menos, 60,8%— y veremos cuál es la participación en Aragón.

El anticatalanismo continúa siendo el mejor argumento en sus respectivos territorios, tanto para populares como para socialistas

Todo ello presenta una reflexión de fondo que la clase política española evita: la España autonómica diseñada en los primeros años 80 para evitar que solo Catalunya, País Vasco y Galicia tuvieran gobiernos propios desembocó, no solo en un café para todos, sino en un lastre para quienes sí que tenían reivindicaciones históricas. Leía este domingo, en el diario El Mundo el siguiente titular de una jornada que sus periodistas han pasado con Azcón en la campaña aragonesa: "En las elecciones de Aragón se vota cómo parar al independentismo catalán". Si realmente este es el mensaje que tiene que enviar a sus electores el presidente de Aragón, muy poco tiene para ofrecer a los votantes de su comunidad en lo que es su día a día en sanidad, educación o infraestructuras.

El anticatalanismo continúa siendo el mejor argumento en sus respectivos territorios, tanto para populares como para socialistas. El hecho de que la exministra y candidata del PSOE, Pilar Alegría, esquive utilizarlo en campaña no puede hacer olvidar que el anterior presidente aragonés, Javier Lambán, era socialista y practicó una política similar a la de Azcón entre los años 2015 y 2023 que estuvo al frente del gobierno autonómico. Atrás quedaron perfiles mucho más moderados, como Marcelino Iglesias, presidente entre 2011 y 2015, respetuoso con el catalán y defensor de una buena vecindad. Lambán y Azcón han sido dos caras de la misma moneda, sin argumentos propios para su territorio, más que la propagación del odio a todo lo catalán y su utilización como banderín electoral.