A falta de cinco días para las elecciones catalanas, y con la última encuesta de ElNacional.cat que permite publicar la ley electoral este martes a las cero horas, se puede asegurar que la partida del 12 de mayo está abierta. Es cierto que Salvador Illa conserva una ventaja de entre tres y cinco escaños sobre Carles Puigdemont, pero en las últimas horas el president en el exilio ha reducido significativamente la diferencia, que era de entre seis y ocho escaños, en el estudio demoscópico publicado también de Feedback el pasado sábado por la noche. La nueva encuesta, con datos ya de la mañana de este lunes, parece alejar definitivamente el efecto españolizador provocado por Pedro Sánchez, sobre el que un día habrá que volver por su intento de reventar el 12-M con la noticia fake de su presunta dimisión, y las elecciones nacionales enfilan los últimos días en una clave netamente catalana.

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Veremos si la campaña se le hace larga a Salvador Illa o, por el contrario, es capaz de conservar el papel de favorito que le otorgan las encuestas. Todo dependerá de la movilización de sus rivales. Que la bolsa de votantes independentistas de todas las sensibilidades ideológicas para ponerle las cosas difíciles existe, es una obviedad. Es ahí donde puede residir el vuelco al resultado que señalan los sondeos. Lo que en la jerga política sería dar una nueva oportunidad al candidato, aunque sea a disgusto. Abandonar la zona de confort y realizar un voto para evitar que gane y quizás gobierne el PSC. El hecho de que, en todas las encuestas que ha publicado ElNacional.cat, los socialistas catalanes no hayan podido superar la horquilla de 39-40 escaños indica que, si dejamos aparte la propaganda ilícita del CIS y el inefable Tezanos, la movilización de sus perseguidores será el elemento definitivo.

Su perseguidor, Carles Puigdemont, afronta la última semana en unas condiciones que hace tan solo un mes parecían imposibles. Puede perder las elecciones... pero también puede ganarlas. Su candidatura, con unos medios bastante precarios, ha sacado lustre a un capital político labrado en los años de exilio, a su apelación a recuperar el orgullo como catalán y a su gestión como president de la Generalitat entre enero de 2016 y octubre de 2017, con momentos tan difíciles como el atentado de la Rambla y el fracasado intento del gobierno de Mariano Rajoy de apartar a los Mossos del mando policial. La horquilla de 33-36 escaños que aparece en la encuesta le obliga a tres cosas para aspirar a la victoria: sacar un porcentaje de gente de la abstención, recuperar votante moderado que prefiera a Junts por su programa económico y ser creíble a la hora de reclamar una concentración del voto independentista. No necesita una única cosa, sino una convergencia de las tres.

Carles Puigdemont afronta la última semana en unas condiciones que hace tan solo un mes parecían imposibles; puede perder las elecciones... pero también puede ganarlas

El tercero en disputa, y también tercero en las encuestas, Pere Aragonès, llega a la recta final de la campaña en un escenario no deseado. Todas las encuestas le dan tercero. Y con otro problema: igual que en la época de las vacas gordas, Esquerra podía captar voto de muchas formaciones, ahora es susceptible de que todas le roben. De hecho, su electorado es el menos fidelizado de los grandes partidos. Este hándicap puede acabar siendo letal en el resultado final de los republicanos. Aunque ya nadie piensa en el escenario de una mayoría parlamentaria independentista, porque a la vista están los resultados de los 72 parlamentarios de 2021, que acabó saltando por los aires en dos fases, primero tras la ruptura ERC-CUP y después Esquerra-Junts, el hecho de que haya una horquilla entre 62 parlamentarios y 70, la deja prácticamente imposible, pero no definitivamente. En cualquier caso, esa circunstancia a quien más perjudica es a la CUP que pueden parecer sus votos, a diferencia de otras ocasiones, como inservibles.

Un último dato: el empate entre PP y Vox es una muy mala noticia para el partido de Feijóo si se acaba produciendo. En pleno retroceso de la ultraderecha en las municipales y españolas, este posible resultado haría crujir los cimientos en Génova y cuestionar nuevamente la fortaleza política del gallego. Su carácter pusilánime a la hora de fijar una estrategia diferente a la de Ayuso aparece como un lastre en Catalunya.