Aunque el calendario electoral alemán es diabólico para el canciller Friedrich Merz y tiene, en lo que resta de mes, tres citas decisivas para conocer si los resultados del pasado domingo en Sajonia-Anhalt fueron una excepción o el comienzo de una oleada, el líder democristiano parece absolutamente superado por la situación. Y, en parte, no es para menos. La economía, la inmigración y el desgaste de la coalición negro-roja, negro por los democristianos de la CDU/CSU y rojo por los socialdemócratas del SPD, transmiten a la opinión pública división y erosión a partes iguales cuando Merz solo lleva 16 meses como canciller. Los dos antiguos grandes partidos alemanes solo suman en los sondeos un tercio de los votos, demasiado poco para abordar todo lo que Alemania tiene que hacer.
El canciller, que sabe que septiembre puede marcar un punto de inflexión, tiene por delante tres citas con las urnas este septiembre: este domingo, municipales en Baja Sajonia, importante porque, al ser en el oeste de Alemania, permitirá saber si la ultraderecha crece también fuera de su fortaleza oriental, aunque habrá que esperar, seguramente, a las segundas vueltas del día 27. El domingo 20 hay unos comicios mucho más decisivos en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde los sondeos le dan a AfD la primera posición con un 36-38 %, seguida de SPD con un 30-34 % y la CDU se hunde hasta el 7 %. Una catástrofe si se confirma, ya que se juntaría la victoria de la extrema derecha con los democristianos quedando con un dígito en porcentaje de voto. Y el viacrucis acabará en Berlín, que al ser ciudad-estado elige su parlamento regional y no es probable que AfD supere ni a la izquierda ni a la CDU, aunque doblaría su 9 % de los anteriores comicios.
La receta de Merz para superar la crisis de la CDU y hacer crecer Alemania se sustenta en una cuadratura casi imposible que ha empezado a profundizar esta semana
La receta de Merz para superar la crisis de la CDU y hacer crecer Alemania se sustenta en una cuadratura casi imposible que ha empezado a profundizar esta semana. En síntesis, plantea dos operaciones diferentes: la primera, desregular Europa simplificando permisos y obligaciones administrativas. Su objetivo es claro: ahorrar costes y favorecer la inversión sin reducir directamente las pensiones o prestaciones. El problema es que sus efectos fiscales son lentos e inciertos. La segunda actuación es reducir gastos y equilibrar cuentas. Esa aún es más difícil, ya que con una población que envejece y cuando aumentan los costes de pensiones, sanidad y dependencia, es imposible rebajar impuestos y elevar el gasto en defensa. Solo cabe una posibilidad si ese es el camino: recortar prestaciones o limitar su acceso, aumentar cotizaciones o retrasar la edad de jubilación, subir otros impuestos o endeudarse más. En economía, la magia no existe.
Aquí no hay ningún círculo virtuoso a completar, sino que más bien lo que parece tener delante Alemania es un círculo vicioso. A cada ficha que mueve, lejos de encontrar una solución, se genera un nuevo problema. Así, si aplica recortes sociales, castiga a votantes vulnerables del este que ya están pasando a AfD y, si renuncia a las reformas, la economía continúa estancada y deja un discurso fácil de la extrema derecha para denunciar la incapacidad del gobierno. Si endurece la inmigración, legitima su tema estrella, y el camino de AfD es casi una autopista que siempre prometerá medidas más extremas. Si mantiene el cordón sanitario, la extrema derecha se presenta como víctima del sistema y, si lo rompe, normaliza y divide a la CDU. Y el problema es que la CDU no tiene mucho tiempo y sus socios de coalición, los socialdemócratas del SPD, no van a aceptar reformas sociales dolorosas.
Igual no es un jaque mate, pero las alarmas están dadas y, como a perro flaco todo son pulgas, ahora surgen las críticas de que a Merz le falta carisma y conexión emocional con el electorado. Los alemanes solo visualizan lo que deben sacrificar, pero no un futuro mejor. Y eso, sin un liderazgo incuestionable, como en su día fueron Angela Merkel o Helmut Kohl, es casi una travesía imposible.
