Lástima. Todas las portadas dedican espacio a la valiente protesta de los futbolistas de la selección de Irán en el Mundial de Catar. Pero dejan escapar la noticia o no quieren verla. Esta: mientras los jugadores iraníes se negaban a cantar el himno de su país —una protesta por la represión de la dictadura islámica contra las mujeres: más de 400 muertos ya—, los jugadores de la selección inglesa, sus rivales, habían saltado al campo sin los brazaletes One Love con el arco iris —una acusación a la tiranía catarí y sus abusos contra los derechos humanos— asustados por las amenazas de "sanción deportiva" blandidas por los mandamases de la FIFA. Qué contraste. Ningún diario lo destaca y es tan grosero, tan chillón, tan sangrante como un gato en la cara. Sólo El Mundo apunta un poco con un título folclórico ("El orgullo lo pone Irán") porque celebrar la gallardía, la furia y las narices pasa por encima del fondo de la cosa, que son los derechos humanos.

Dirás que los jugadores ingleses se han arrodillado en protesta, etcétera. Meh. Han hecho como la gallina en un plato de huevos fritos con tocino. Participa, sí, pero quien está implicado de veras es el cerdo. Y el tocino lo han puesto los futbolistas de Irán, decididos a pagar el precio de su rebeldía. Los jugadores que se han pronunciado contra la violencia de los ayatolás están dispuestos a algo más que a soportar las "sanciones deportivas", que deben ser la menor de sus inquietudes. Los ingleses, en cambio, no están dispuestos a pagar más precio que mancharse las rodillas de hierba antes de que ruede la pelota. Los iraníes saben que los principios se miden por lo que estás dispuesto a perder para preservarlos. Sardar Azmoun, la estrella de Irán, jugador del Bayer Leverkusen, ha escrito en Instagram: "En el peor de los casos, seré expulsado de la selección nacional, que es un pequeño precio a pagar incluso a cambio de un solo cabello de las mujeres iraníes. Avergonzaos de matar gente".

¿Qué pensaría el funcionario de la federación persa que cantaba el himno, solo, en la banda? No sabía que era el contraste sobre el que destacaba la bronca de los numerosos aficionados iraníes del graderío. La Vanguardia y El País llevan en portada la foto de los supporters luciendo una pancarta que reza "Mujeres, vida y libertad". Qué pensarían al verlo los millonarios Harry Kane, Raheem Sterling, Jude Bellingham y sus compañeros de la Three Lions, que no han estado dispuestos a... ¿A qué? ¿A ser expulsados del partido o de la selección, quizás, por negarse a quitarse el brazalete y defender una causa en que creen? Al oír la amenaza de "sanciones deportivas", a los ingleses les han temblado las piernas y han renunciado a los principios de los que se vanagloriaban sólo una hora antes del partido.

Insistirás en que arrodillarse mientras suena el himno causa la misma impresión. Pues depende con quién lo compares. El deportista que inventó el gesto, Colin Kaepernick, era el quarterback de los San Francisco 49ers. Protestaba así contra el racismo, la brutalidad policial, la discriminación. Lo despidieron en 2017 después de que Donald Trump, ya presidente, declarara que había que echar de los equipos a los jugadores disidentes. Kaepernick, que había llevado a los 49ers en su primera Superbowl en 18 años, no se dobló. Nunca se ha doblado: ningún equipo de la NFL lo ha vuelto a contratar. Cincuenta años antes, a Muhammad Ali, la protesta contra la guerra de Vietnam le costó ser arrestado, el expolio de sus títulos mundiales, la ruina de sus primeros años de boxeador profesional. Era el mejor del mundo y se la jugó por lo que creía. Los jugadores de Irán se enfrentan a todo un Estado autocrático y se arriesgan al paro, la humillación, la prisión y las amenazas contra sus familias. Los futbolistas ingleses —y el resto— ni siquiera están dispuestos a arriesgar una tarjeta amarilla. En fin. En el partido, Inglaterra ha ganado 6-2 a Irán. Porque en el fútbol no siempre ganan los buenos. En las portadas, tampoco.

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