La Real Sociedad se ha proclamado campeona de la Copa del Rey tras superar al Atlético de Madrid en la tanda de penaltis, al término de una final muy disputada en la Cartuja. El conjunto txuri-urdin ha acabado levantando el trofeo por cuarta vez en su historia, en una noche de máxima tensión y con un desenlace de esos que se deciden por detalles. Pero, más allá del marcador y del título, la previa del partido ha vuelto a dejar una imagen ya recurrente cuando equipos vascos o catalanes llegan a una gran final: la pitada al himno español. Buena parte de la afición de la Real Sociedad ha expresado así, un año más, su rechazo a aquello que representa este himno. 

Homenaje, banderas y carga simbólica

El himno ha sonado con los jugadores ya situados sobre el césped y con las gradas completamente entregadas a la escenografía preparada por ambas aficiones. En la zona ocupada por los seguidores del Atlético de Madrid predominaban las banderas españolas y un mosaico con los colores rojo y amarillo, en una exhibición simbólica inequívoca. Al otro lado, la afición vasca ha respondido con una imagen muy diferente: un homenaje en la grada a Aitor Zabaleta, el joven aficionado de la Real asesinado por ultras neonazis del Atlético de Madrid el año 1998, y una presencia masiva de ikurriñas en la grada. Dos maneras de entender el fútbol, la identidad y el contexto político que rodea este tipo de citas.

Medidas de prevención ante la pitada habitual

Como ya ocurre desde hace años, la organización ha optado por hacer sonar el himno con un volumen muy elevado para intentar tapar una protesta que se repite de manera sistemática. Es una decisión pensada para que, sobre todo en la transmisión televisiva, el relato oficial se imponga a lo que realmente está pasando en el estadio. A pesar de ello, los silbidos se han vuelto a oír con claridad. Ni la amplificación del sonido ni la voluntad de disimular el malestar han impedido que una parte notable del público hiciera evidente su oposición a un símbolo que no siente propio. 

Lejos de ser un hecho aislado, esta escena se ha convertido en una constante en las finales de Copa cuando participan clubes de Catalunya o de Euskadi. También se ha visto en finales con presencia de Osasuna, y forma parte ya de la memoria reciente de la competición. La primera gran pitada de la era moderna sigue siendo, probablemente, la de la final de 2009 entre Barça y Athletic Club, en la que los blaugrana se impusieron por 4-1 en plena temporada del triplete, preludio del posterior sextete. Desde entonces, cada nuevo episodio confirma lo mismo: por mucha escenografía oficial, por mucho volumen y por mucha insistencia en vestir la Copa de una supuesta neutralidad, hay una parte de las gradas que sigue aprovechando este escaparate para hacer sentir una discrepancia política y nacional imposible de esconder.