Esperas, impaciente, durante todo el día que llegue la noche. Sentado en el porche, observas la quietud de la tarde: la sombra milimétrica que va perfilando los terrados, las paredes y las casas. No lo sabes explicar, pero disfrutas de esta lentitud abstracta de la calle, como si nada ni nadie tuviera importancia. De vez en cuando bebes un poco de agua y estiras los brazos. Te duelen las rodillas, te has dejado la gorra en el comedor y para que no te acosen pensamientos funestos, calculas la distancia y el esfuerzo por aniquilar otra mosca.

Tirándose de cabeza

Si no fuera por el bochorno asesino, los recuerdos te llevarían hacia los veranos de bicicleta y baño en la balsa. Los gritos de alegría de tu hermano se mezclan con los cuerpos delgados de adolescentes que ignoran el paso devastador de los años. No recuerdas los nombres de la mayoría de las criaturas que os bañabais y aprendíais a fumar, y ahora han hecho obras en aquella masía donde entrabais a escondidas, y la balsa la han convertido en una piscina y la masía en una casa rural. A media tarde, asustado por el aburrimiento, has leído en el diario que las granjas riegan los pollos para que no mueran ahogados, que otro joven británico se ha matado saltando desde el balcón de un hotel y que el observatorio Fabra ha llegado por primera vez a los cuarenta grados. Te costará retener cada noticia.

Hacia las ocho, cuando, por fin, la marinada ha llegado al pueblo, has guardado la silla en la entrada, has recuperado la gorra y has cerrado la puerta con llave. Podrías hacer el camino a tientas. Atraviesas la plaza, el bar Texas, la farmacia (cerrada) y a remanso de las sombras, resoplando, llegas a la residencia. Ya es la hora de cena. A tu hermano lo han colocado en la mesa del fondo. Tus sobrinas ya no están, porque no están permitidas las visitas a esta hora, pero como te conocen, para ti hacen una excepción. No te lo dirán nunca, pero intuyes en los ojos de las enfermeras la certeza de que tus rodillas no tardarán mucho en habitar la residencia. Has hablado poco con él, porque hace tiempo que no habla. Le has explicado que has leído en el diario que riegan a los pollos, que hay jóvenes que se suicidan y que nunca había hecho tanto calor. Tu hermano te ha mirado con aquellos ojos que no sabes qué quieren decirte. Lo has ayudado con la judía con patata, y después del yogur de postres se lo han llevado hacia la habitación. Te has despedido de él. Hasta mañana.

Y has vuelto hacia casa, a solas, de noche, por el medio de la calle, a través de las ventanas se escucha a los hombres del tiempo anunciar nubes y tormentas. Ahora cambiarás de ruta, ni la farmacia, ni el Texas. Pasarás por delante de la masía, que ahora es una casa rural, esperarás que no haya nadie en la balsa, que ahora es una piscina, y si las rodillas te lo permiten te desnudarás como un adolescente y te tirarás de cabeza mientras se mezcla el cuerpo delicado de un viejo de ochenta años y los gritos de alegría de tu hermano.