¡Mentira! No sabemos cuánto durará, pero sabemos que no será un momentito. De hecho, hay pocas unidades de tiempo más imprecisas que el momentito. Puede durar dos minutos, veinticinco minutos o vete a saber cuánto, pero momentito suena bien. Suena asumible. Suena tan pequeño que parece de mala persona negárselo al otro.
Pedimos momentitos constantemente y, sin quererlo, hacemos pequeñas las cosas antes de dárselas a los demás. "¿Te quería hacer una preguntita?". "¿Puedes esperarte un segundito?". "Te tengo que pedir un favorcito". "Te quería comentar una cosita". Y aquí ya conviene sentarse, porque la cosita es probablemente la más peligrosa de todas. Nadie anuncia una cosita cuando realmente es una cosita. Si lo fuera, te la diría y punto. Cuando alguien necesita reducirla antes de pronunciarla, es porque quizás, a tamaño real, no pasaría por la puerta.
Los diminutivos sirven, evidentemente, para indicar pequeñez. Una casa pequeña puede ser una casita, un trozo pequeño, un trocito y un animal pequeño, un animalito. Hasta aquí, ningún misterio, pero resulta que después los hablantes descubrimos que eso de hacer las cosas pequeñas con las palabras tenía muchas más posibilidades.
Porque un café y un cafecito pueden tener exactamente los mismos mililitros, pero no son el mismo café. El café es una bebida. El cafecito ya tiene sobremesa. Una vuelta y una vueltecita pueden recorrer la misma distancia, pero la segunda parece que no exija ni siquiera llevar los zapatos adecuados. Y una siesta puede ser consecuencia de haber comido demasiado, pero una siestecita es prácticamente un principio cortito y básico de autocuidado.
El diminutivo no siempre modifica el tamaño de las cosas. Muchas veces modifica cómo queremos que las reciba el otro. Por eso es especialmente útil cuando tenemos que pedir algo. "¿Te puedo hacer una pregunta?" es una frase perfectamente educada. Pero "¿te puedo hacer una preguntita?" parece exigir y molestar todavía menos. El problema es que no existe ninguna relación demostrada entre el tamaño gramatical de la pregunta y sus consecuencias. La preguntita puede ser "¿sabes qué hora es?" o "¿por qué hace tres meses que no me pagas?". Da igual. Primero la hacemos pequeña y después ya veremos qué le ponemos dentro.
Hacemos pequeño lo que nos incomoda, lo que nos da vergüenza pedir, lo que tememos que moleste. Ponemos un -ito aquí, un -ita allá, y confiamos en que la realidad se encoja un poco con la palabra
Sucede lo mismo con los favores. Nadie te pide un favorcito para sujetarle la puerta. Eso se resuelve sin anunciarlo. El favorcito suele requerir tiempo, coche, impresora, conocimientos informáticos o una combinación de las cuatro cosas. Es una estrategia brillante: cuando descubres las dimensiones reales del favor, ya has dicho que sí a la versión de bolsillo.
También existen los diminutivos médicos, una categoría que merecería estudio propio. "Ahora notarás un pinchacito." El pinchacito es una de las grandes estafas lingüísticas de nuestra civilización. La aguja no se ha hecho más pequeña porque alguien le haya añadido -ito. El agujero tampoco. Pero parece que pinchazo sea algo que duele y pinchacito, algo que duele con educación. "Abre un poquito la boca." "Te molestará un poquito." "Gírate un poquito." "Ahora te haré unas preguntitas."
La lengua no puede evitar que algo duela, moleste o incomode, pero al menos procura que no parezca que lo hará tanto. Y luego está el diminutivo administrativo y comercial aparentemente inocente, que también da mucha rabia. "Una firmita aquí." La firma sigue teniendo exactamente el mismo valor legal, pero firmita hace pensar que estás dibujando una florecita al margen. La bolsita, el tiquetito, la muestrita, el regalito. Todo es pequeñísimo hasta que llega el momento de pagar.
Pero no querría criminalizar los diminutivos. Pobrecitos. También son una de las herramientas más sencillas que tenemos para poner cariño dentro de una palabra. Hay diminutivos que casi han dejado de hablar de tamaño porque ya hablan directamente de intimidad. Un ratito, una vueltecita, una copita, una cabezadita. No cuantifican nada. Proponen una determinada forma de vivirlo.
Esto es lo interesante que tienen: con un par de letras podemos modificar no tanto la realidad como la relación que establecemos con ella. Podemos hacer que una orden parezca una petición, que una molestia parezca insignificante, que un rato parezca corto, que un plan parezca más agradable o que una mala noticia entre un poco más suavemente.
Es una especie de urbanismo lingüístico. Reducimos las dimensiones de lo que decimos para que ocupe menos espacio en la vida de los demás. Y todos entendemos perfectamente este código sin que nadie nos lo haya enseñado. Sabemos que "espera un segundito" no dura necesariamente un segundo. Sabemos que una madre que dice "ven un momentito" probablemente no está haciendo ninguna estimación temporal. Sabemos que cuando alguien dice "solo te quería pedir un favorcito" es prudente no responder que sí antes de saber si implica una mudanza. Y sabemos, sobre todo, que cuando una conversación comienza con "te quería comentar una cosita", el tamaño real de la cosa es imposible de predecir.
Quizás por eso los usamos tanto. Porque las palabras no solo explican la realidad: también intentan domesticarla. Hacemos pequeño lo que nos incomoda, lo que nos da vergüenza pedir, lo que tememos que moleste. Ponemos un -ito aquí, un -ita allá, y confiamos en que la realidad se encoja un poco con la palabra, aunque normalmente no funciona, porque el momentito dura veinte minutos, el favorcito te toma toda la tarde y el pinchacito duele igual.