El Sónar 2026 cogió velocidad este viernes con una segunda jornada que mostró el festival en toda su dimensión en el recinto de Fira Gran Via de l’Hospitalet de Llobregat. Con los seis escenarios ya plenamente visibles después de retirar las últimas vallas protectoras, la cita dejó atrás las primeras horas de descubrimiento y entró de lleno en su nuevo formato, marcado por la redistribución de los espacios, la conexión entre las programaciones de día y de noche y un recinto más amplio para absorber las grandes multitudes.
Uno de los momentos más esperados de la noche llegó con Skepta, que llenó el SonarClub con una actuación de alta intensidad. El rapero y productor nigerianobritánico apareció con el rostro completamente cubierto por una capucha y conectó con el público desde el primer minuto con una puesta en escena austera, sostenida sobre todo por su energía y por unas bases electrónicas contundentes.

El concierto reivindicó el grime, el género nacido en los márgenes urbanos de Londres que Skepta ha ayudado a proyectar internacionalmente. El repertorio combinó temas clave de su trayectoria, como Shutdown, Back 2 Back, That’s Not Me o It Ain’t Safe, con piezas más recientes como Toxic, la colaboración con Playboi Carti, Aloe Vera o Alpha Omega. El tramo final reservó espacio para Victory Lane, el tema con Fred Again que ha reforzado su papel como una de las figuras centrales de la escena urbana británica actual.
La jornada también tuvo uno de sus puntos más festivos en el Village con Kelis. La cantante estadounidense transformó el escenario en una celebración de R&B, disco, soul y house, con una actuación que huyó de las etiquetas rígidas y jugó con la cultura del sampleo y las referencias cruzadas. Acompañada por una segunda voz, bases y batería, recuperó piezas como Milkshake, Trick Me, Bounce y Acapella, e incorporó fragmentos que remitían a Nirvana, Giorgio Moroder, Benny Benassi o Bad Bunny.
En paralelo, el Sónar volvió a poner la experimentación audiovisual en el centro con Daito Manabe. El artista japonés presentó en el SónarHall un espectáculo creado con herramientas de DeepMind, el laboratorio de inteligencia artificial de Google. La propuesta combinó música electrónica, proyecciones generadas en tiempo real y formas visuales que reaccionaban al sonido, en una pieza situada entre el concierto, la instalación y la performance digital.
La vertiente tecnológica también marcó el directo de Reinier Zonneveld, que compartió escenario con R2, un holograma entrenado a partir de su propia música de los últimos trece años. El productor neerlandés convirtió su set de hard techno en un diálogo entre el artista y su doble virtual, con una puesta en escena pensada para difuminar los límites entre presencia física, avatar y maquinaria sonora.
Ya entrada la madrugada, Charlotte de Witte reafirmó su fuerza dentro de la escena electrónica global con The Resistance, un nuevo espectáculo audiovisual basado en su último álbum. La belga desplegó una sesión de techno hipnótico y contundente que hizo saltar a miles de personas en el SonarClub, dos años después de haber presentado allí Overdrive.
El nuevo Sónar, que en las primeras horas había generado cierta sensación de desorientación entre el público por el cambio de ubicaciones y la redistribución de los espacios, empezó así a encontrar su pulso.